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sábado, 22 de marzo de 2014

Náufragos o el talento narrativo de Dennis Arita


Hernán Antonio Bermúdez
“náufragos que sólo alcanzan a reconocerse cuando logran confluir en una danza o juego” (p. 96)
                                                                                                                        
  En el 2008 Dennis Arita inició su trayectoria como narrador al publicar Final de invierno, libro que agrupa cinco cuentos, el último de los cuales le da el título al volumen. Cabe decir que su voz autoral no se parece a ninguna otra. Impregnado de atmósferas y personajes de clara estirpe onettiana, Dennis Arita pareciera trabajar en un taller secreto del lenguaje, fraguando una estética peculiar que traspasa las inflexiones de la lengua a su propia búsqueda expresiva.
  El linaje de Juan Carlos Onetti en estos relatos se detecta por el clima de derrota, confinamiento y hastío de los personajes principales. Y aun cuando ocasionalmente puedan adoptar un inusual aire de liviandad, tiemblan y hacen relucir su fragilidad subterránea.
  Lo que sucede en Final de invierno es un continuo fracaso, una comprobación tras otra de la inutilidad de actuar. La comunicación no tiene cabida en este universo cerrado y gélido (allí, además, para mayor énfasis, siempre hace frío y llueve), y se la rehúye de manera constante. Así, cuando se desencadena cualquier situación en que cabría esperar un diálogo, el protagonista se desconecta y deambula en un ámbito propio y ajeno. Las raras veces en que se intenta establecer una aproximación con algún interlocutor, ésta ineluctablemente fracasa o se malogra.
  Aparte está el terrible aburrimiento o desazón existencial que domina a todos los personajes que siempre parecen querer desligarse del sombrío lugar en que se encuentran (“la vida está en otra parte”, como diría Milan Kundera). Estos gesticulan como mónadas aisladas, y, si acaso, los diálogos lacónicos marcan la distancia que escinde al protagonista de los demás personajes o, como suele decirse, “el mutuo enigma de un ser frente a otro”.
  En el territorio literario de Dennis Arita refulge permanentemente la imagen de oscuridad. Se trata de una opacidad irremediable y de un misterio difuso que corroe el hábitat de estos cuentos. Es más, se está en presencia de una manera elusiva, oblicua, de narrar, donde la soledad resulta un fenómeno del todo pesaroso (desastroso quizá), pero sin bordear el patetismo. A veces con una trama próxima a la de los sueños, con su lógica alucinada y sus apariciones (y desapariciones) inexplicables.
  En tal sentido, en los relatos de Final de invierno, emparentados por su textura depresiva y su crispación febril, la acción narrativa y el contexto que la rodea poseen una cierta condición onírica: las figuras se coagulan en torno a una lúcida y delirante obsesión de pesadilla.
  En todos ellos, el protagonista, Figueroa en “El río”, Sierra en “Casas”, Peralta en “Monstruo”, Juan Mendoza en “Edificios después de la lluvia” y el de “Final de invierno” (cuyo nombre se escamotea), es un individuo angustiado o bien desmoralizado: se trata de sujetos exhaustos, desengañados, suspicaces, con los afectos rotos o al borde de la zozobra.
   Así en “El río”, “Figueroa no puede decir si acaba de perder la noción del tiempo y de las distancias o si ha sido siempre así” (p. 19) y “las sensaciones le llegan como atravesando distancias cubiertas de niebla” (p. 20). “Todo es para él como un río llevándoselo hacia la nada” (pp. 24 y 25).
  En “Casas”, “Sierra se sentía cada vez más lejos, como si se lo llevara la corriente de un río, igual que un tronco o una rama” (p. 47), y “es incapaz de recordar” (p. 46).
  En “Monstruo”, a Peralta “lo perturbó la sospecha de que por alguna razón estaba perdiendo contacto con la realidad” (p. 55) y “todo quedaría en el límite de lo indefinido” (p. 58).
  Mendoza en “Edificios después de la lluvia” se mueve en “la sombra verdosa y casi submarina en que parecían flotar los objetos” (p. 76).  
  El cuento titular del libro, “Final de invierno”, es a mi juicio el más logrado. No por casualidad éste dio su nombre al libro entero. Además, tanto en él como en “Edificios después de la lluvia” se destaca un “yo” más cargado de importancia individual: es el narrador. En efecto, estos dos relatos están escritos en primera persona del singular: cuentan las vivencias y las reacciones de figuras protagónicas (proto/agónicas) que son, de alguna manera, una delegación del autor aunque, por supuesto, sin confundirse con ellas. Es decir, el autor les presta su voz, su estilo, pero los personajes (como no podía ser de otra manera) poseen las dimensiones de creaturas literarias, con su peso específico propio.
  En definitiva, los protagonistas difieren poco entre sí y parecen variaciones de un modelo  compartido. Eso sí, la hilación de los hechos discurre lenta, lo que carga a la prosa de una dramaticidad a ratos exasperante. La valía de los relatos depende más de su ciclo verbal que de los consabidos componentes anecdóticos que puedan contener. Con todo, el último cuento es un prodigio de intensidad y de dosificación de los efectos, como un mecanismo destinado a culminar con el manotazo de la frase final.
  Dennis Arita posee, en suma, una escritura depurada, precisión de vocabulario, pudor expresivo, continuos hallazgos descriptivos y casi ausencia total de tanteos o vacilaciones (las excepciones son minúsculas). Final de invierno es un excelente primer libro y le abre paso, además, a Música del desierto (2011) que confirma y consolida su enorme talento narrativo.

                                                                                         Tegucigalpa, marzo del 2014


viernes, 7 de marzo de 2014

La labor de Sara Rolla

Otro pequeño homenaje de Hernán Antonio Bermúdez, esta vez a Sara Rolla:

Desde hace varios años vive entre nosotros Sara Rolla, profesora de literatura, crítica y ensayista. De nacionalidad argentina, se caracteriza por la lucidez irónica, el desasosiego y la inconformidad constantes, la finura de las comparaciones y la capacidad para derivar conclusiones reveladoras a partir de ellas.
En sus escritos hace ver que el arte literario tiene que poseer un mundo propio para convencer al lector, así como un estilo capaz de proveer la unidad orgánica de una sola pieza.
Sara Rolla también hace ver que la escritura y lectura de textos de ficción produce un efecto bienhechor en la mente humana, al profundizar y refinar la percepción, además de enriquecer(nos) tanto en el plano emocional como en el intelectual.
Por lo demás, ella posee algo vital: una visión anti-provinciana, producto de su sólido y matizado marco de referencias culturales que deriva del ámbito rioplatense en que se formó. Sus aptitudes le permiten siempre trazar un diagrama crítico de la obra considerada, rescatando su vivacidad, a diferencia de los modelos basados en simples análisis de sangre fría, que nunca satisfacen, salvo  quizá a algunas secas mentes académicas.
Su obstinada labor ha tenido una incidencia para nada despreciable en la literatura hondureña y ha actuado como fermento y espuela de la ola de creatividad literaria que experimenta actualmente San Pedro Sula, ciudad donde reside ya jubilada como docente universitaria.
¡Bravo, Sara!

Tegucigalpa, marzo del 2014

lunes, 17 de febrero de 2014

Ingrato oficio

Un texto breve de Hernán Antonio Bermúdez como homenaje a dos ases de nuestra literatura hondureña:
  Duro, ingrato, es el oficio de escritor en un país como Honduras, con una débil tradición cultural y un público lector marginal, rodeado de una masa más bien hostil de indiferentes y de analfabetos. Si opta por mantener su autonomía, el escritor tendrá que sobreponerse al desconocimiento y desinterés, además de las prosaicas dificultades del trajín diario. Así, resulta casi inconcebible que pueda evitar entregarse al acartonado mundo académico, al engranaje burocrático, a la sabrosa superficialidad del periodismo local o a la bohemia derrotista, entendida en sus acepciones de penuria económica, de deliberados excesos y, lo que tal vez es más grave, de improvisación y facilismo en el terreno literario.
  No parece haber otra alternativa, porque la labor específicamente literaria que puede hacerse para los medios es esporádica, pero sobre todo pésimamente remunerada en comparación con oficios más pedestres.
  Por eso sobresale el ejemplo de Marcos Carías y de Eduardo Bahr, quienes tienen hoy, por un lado, la altiva independencia y, por otro, la formación y sensibilidad cultural, fruto de la insaciable curiosidad de lectores omnívoros y de su capacidad para transmitir a los demás lo que van sacando en limpio de un escrutinio cuidadoso y prolijo de su entorno. Materiales que luego su imaginación y su pluma galana han destilado en cuentos y novelas.
  Vaya ejemplos difíciles de seguir en un país donde lo usual son las concesiones y el resentimiento. Se me antoja que Marcos Carías y Eduardo Bahr son mis maestros, pero a renglón seguido me digo que soy un pésimo discípulo…
                                                                       
Tegucigalpa, febrero del 2014

jueves, 9 de mayo de 2013

Revelaciones


Acaba de aparecer, en la revista Iowa Literaria, una reseña de Hernán Antonio Bermúdez sobre el libro de poesía de un autor chileno radicado en Italia. Ya saben, toda lectura elogiosa de HAB equivale a una recomendación, así que a buscar a Mario Meléndez:
Portada del libro de Mario Meléndez.
“Y las palabras gimieron, aullaron” (p. 16)
Decía David Foster Wallace (admirador de Borges y de Roberto Bolaño) en un artículo de 1994 que sólo los escritores de Europa oriental y de América Latina habían conseguido un buen maridaje entre, por un lado, los asuntos del fuero íntimo y del sentimiento humano y, por otro, el desapego paródico propio de la experiencia postmoderna.
Esa combinación sale justamente a relucir en el poemario Recuerdos del futuro (2013), edición bilingüe español-italiano, del chileno Mario Meléndez (1971), residente en Italia.
Resulta, en efecto, reconfortante encontrar, entre tanta poesía chata y previsible, a un poeta con audacia y humor negro, sabedor de que “el lenguaje se burla de nosotros” (p. 14), y que no teme ser tildado de fantasioso o extravagante.
Dotado de una conciencia magistral del oficio y de una aguda sensibilidad literaria, Meléndez, poeta errante, desplazado (de Chile pasó a México, y de México a Italia), no imposta la voz cuando afirma: “No estoy, no soy, no pertenezco/ vago de lado a lado, como un gran gusano negro” (p. 42).
Sus poemas fluyen con las virtudes artesanales de medida y acabado, y el poder lírico de sus palabras pareciera emerger de la superficie de la conversación por su naturalidad y soltura: “Vengan a ver mi poesía/ no está hecha de material ligero / aguantará perfectamente el invierno / y en verano refrescará / las mentes y los cuerpos / Hay poderosas vigas entre cada verso, / hay listones apuntalando mis palabras / y si la lluvia desea entrar / pondré mis sueños en el techo / y taparé las goteras / con mi propio dolor (“Para mayor seguridad”).
Meléndez se vuelve amargamente lúcido a la hora de aludir a la muerte, que “tiene cuerda para rato” (p. 42), a la que encara en “Confesiones” y con la que torea en los magníficos versos de “La invitación”, donde narra con precisión sarcástica sus propios funerales.
De otra parte, lleva a cabo un ácido escrutinio de Chile, del sitio primigenio de sus tormentos, en los poemas épicos “Me sobra un muerto”, “Más allá de la guitarra”, “Sangre en el exilio” y “Mi pueblo”. Son un tanto altisonantes para mi gusto, pero en ellos sabe expresar la certidumbre de que el orden social es apenas una tenue ficción que encubre la áspera maleza de desolación y violencia que tan bien conocemos en América Latina.
Sin embargo, como –según se dice– vivimos en la esfera de nuestros deseos e imaginación tanto como en nuestra vida real, Meléndez cambia de registro para abrirle paso al humor y a la paradoja. ¿El saldo? Ahí está la deliciosa sátira de sus poemas felinos “El clan Sinatra” y “Mi gato quiere ser poeta”, hasta culminar con esa alocada recreación de “Caperucita roja” en “La Otra”, donde no vacila en añadirle una capa insólita de juego y mordacidad –léase una “vuelta de tuerca”– al clásico cuento infantil.
Y aparte le brinda al lector los poemas de voltaje erótico como “Llévame”, “Si fueras calva también te amaría”, “Será debajo de la cama” y “Un día volveré a tus ojos”. Aquí la maquinaria de su poesía se enardece y sus versos, aptos para “rendir cuentas” del fragor amoroso, se tensan habida cuenta de su propensión hacia las imágenes de linaje surrealista: “Si fueras calva también te amaría / me volvería loco besando tu cabeza / tu pequeña luna dorada / Si fueras calva, oh si fueras calva / te llevaría por el río de la memoria / me sentaría junto al fuego de tus ojos callados / derramaría un cisne en medio de tu frente” (p. 62).
Resta mencionar que el formidable poema “La playa de los pobres” se emparenta, por los particulares ritmos de su música, con el tono del poemario Los pobres del hondureño Roberto Sosa, que le hizo acreedor al Premio “Adonais” de España en 1968, marcado por un lacónico y sosegado patetismo.
Para finalizar, diría en términos reseñísticos que, parafraseando a Foster Wallace, Mario Meléndez logra enRecuerdos del futuro que la efusión emotiva y la excentricidad irónica no sólo cohabiten sino que se refuercen la una a la otra.
Roma, 15 de abril del 2013

miércoles, 20 de marzo de 2013

El otro infierno musical



Hernán Antonio Bermúdez nos envía desde Roma esta reseña sobre el cuento "Música del desierto", del libro del mismo título que Dennis Arita (La Lima, Cortés, 1969) publicó en 2011 con Orbis Editores. El cuento, que abarca más de la mitad del volumen de páginas del libro, es casi una novela y destaca entre los otros "por su singularidad y calidad literaria", según señala el crítico.
"y respiró hondo el aire caliente” (p. 43)

Dennis Arita comenzó su carrera literaria con la publicación en el 2008 de su libro de cuentos Final de invierno, que se me antoja marcado por el influjo de Juan Carlos Onetti, pues allí crea atmósferas narrativas semejantes a las de ese extraordinario escritor uruguayo.
En el 2011 apareció un segundo volumen de cuentos Música del desierto, en el que se destaca un relato largo que le da el título al libro (y que abarca 71 de sus 125 páginas). Voy a referirme sólo a este cuento por su singularidad y calidad literaria.
Aquí el protagonista es Lázaro Ramos, ex marino, oriundo de San Pedro Sula, que, tras haber recorrido el mundo, ha decidido afincarse en el Sur de Honduras (entre Langue y San Lorenzo), pues le recuerda al África, “sin que le importaran el calor ni la sequía” (p. 6). Vive solo en una casa modesta en el campo, sin electricidad, acompañado de sus perros a los que cuida con fruición.
En ese ambiente espartano tiene una furtiva relación amorosa con Fernanda, la esposa de su jefe Cáceres, propietario de la fábrica de ladrillos donde Ramos se desempeña como capataz. La infidelidad de Fernanda (“espléndidamente desnuda” –p. 26) se convierte en el precipitante de la acción narrativa. Pero antes de referirme a ello, cabe subrayar que el clima desértico integra el ámbito opresivo del relato. Las temperaturas crónicamente altas son el marco natural de una “tierra anaranjada y amarilla” (p. 26), en la que a veces se siente “la brisa afilada como un largo cuchillo transparente” (p. 26), donde todo parece “estar a punto de reducirse a polvo” (p. 41), propio de “un sitio… infértil y seco” (p. 42), de la “tierra árida en que había decidido vivir” (p. 60).
Arita consigue captar el entorno ardiente desde ángulos diversos. Por ejemplo, de modo auditivo:
“…sólo pudo escuchar el sonido de las cigarras. Ese era el único ruido que parecía real porque todos los demás sonidos eran extraños: parecía que el calor los hubiera secado y dejado huecos, como secaba las ramas y las hojas y los troncos…” (p. 38).
También de modo visual:
“Estaba atardeciendo lentamente, como si el día se desangrara* en nubes largas y rojas” (p. 58).
“El sol se había adueñado del cielo metálico, casi añil. Ramos vio el disco sangriento* sin parpadear y recordó que en su infancia le habían dicho que no lo hiciera porque podía quedarse ciego” (p. 61).
Las citadas alusiones sanguíneas no hacen sino anticipar los borbotones de sangre que derramará Cáceres, “cosido” a navajazos de manera sorpresiva por Luis, uno de sus leales subalternos, analfabeta y colérico, ofendido porque aquél le ordena escribir algo, olvidándose afrentosamente de su analfabetismo.
Y es que Ramos se desenvuelve, por supuesto, en medio de un mundo primitivo y tosco, y no le es ajeno que los operarios con quienes le toca tratar pertenecen a las capas más humildes de la población:
“Ramos se preguntó por primera vez de dónde habían salido sus subordinados en la fábrica de ladrillos. Se los imaginó vagabundos en las calles soleadas, la piel quemada, siempre en busca de algo de comida, y casi fue capaz de verlos andrajosos, sucios, haciendo de un cuchillo embotado su primera arma…” (p. 55)
Lo que podría redimir a Ramos en ese medio menesteroso y violento es su relación con Fernanda, pero él se contiene, interpone reservas mentales y establece un vínculo alérgico a cualquier atisbo de sentimentalismo. En efecto, Fernanda “era hermosa pero no demasiado” (p. 15), y, “no la conocía tanto y esperaba con el tiempo tener más motivos para sentirse insatisfecho” (p. 15). Así, hay espacio para escenas de carga erótica y para la eventual impotencia viril.
Al igual que Ramos en su desapego evita las efusiones emocionales,  el autor ejerce  una cierta reticencia narrativa, rayana en el minimalismo, lo que no le impide una atención esmerada hacia el detalle significativo.
En Música del desierto Dennis Arita registra con parsimonia el ritmo de la vida solitaria de su protagonista, incluso del tedio doméstico (perruno), y en ello roza la banalidad, pero, a la vez, sabe insertar en la escritura señales alarmantes a través del recuento de las miradas, las actitudes y las burlas de Cáceres (ebrio y enardecido) y cuatro empleados suyos que acorralan a Ramos en una cantina, con vistas a vengarse de él tras descubrir su “affair”. En seguida éste, de manera absurda e indiferente a su suerte, acepta acompañar a la manada a “dar un paseo” en un vehículo donde Cáceres, en lugar suyo, acaba siendo la víctima.
Lo cierto es que Ramos se encuentra física y metafísicamente desacomodado. Su decisión de recalar en el Sur de Honduras le obliga a partir de cero como un inmigrante cualquiera. Su mundanidad y el abismo de conciencia le separan de todos incluso de la propia Fernanda, fascinada por su aura de “extranjería”, en el sentido que le otorga Camus a este término.
Al respecto hay un segmento  del relato que merece mención aparte (pp. 68, 69 y 70), en el que Fernanda se instala en la casa de Ramos –durante su ausencia-, y simula convertirse en él, pretende adquirir un carácter varonil, se mete-en-la-piel de su amante hasta el punto de verse  “a sí misma con los ojos de Ramos” y ser “capaz de desearse a sí misma como Ramos la deseaba”. Se trata de una curiosa (o, más bien, insólita) transformación vicaria, que culmina en el auto-erotismo, y sin duda es un notable logro literario.
Música del desierto constituye, en definitiva, un relato casi conradiano en el sentido de incluir horrores descritos calmadamente (el asesinato de Cáceres, el acoso de Ramos), con frases fatalistas que el autor suelta al desgaire y que el lector encaja con aprehensión y estremecimiento.
Al relato se le dispensan algunas imperfecciones como “el sol que a esa hora era un gigantesco disco carmesí”* (p. 61),  “la borrachera… había desaparecido como por arte de magia”* (p. 63), o el frecuente uso del verbo “mirar” en vez de “ver”, en función de las gratificaciones verbales que depara y que hacen de Dennis Arita un narrador talentoso, de prosa fluida y al mismo tiempo diestramente controlada.

                                                                                           Roma, 11 de marzo del 2013
(*) Los subrayados son míos (HAB).

lunes, 20 de febrero de 2012

Melancolía de lo efímero


Hernán Antonio Bermúdez es, quizá, el mejor crítico literario de Honduras. Eso se comprueba fácilmente al leer Afinidades (Mimalapalabra Editores, 2011), un libro que reúne ensayos críticos de una buena cantidad de poetas y narradores catrachos. Hoy, nuevamente cede para este blog lo último de su producción: una reseña del libro La secreta voz de las aguas (Mimalapalabra Editores, 2010), de Marco Antonio Madrid:
“Ese viaje feliz del iris sobre la melancolía de lo efímero”. (p. 21)
“Un delirio de siemprevivas”. (p. 18)
Quien me mencionó por primera vez a Marco Antonio Madrid como buen poeta fue Roberto Sosa, hace algunos años. Confieso que no lo había leído y pude, en seguida, hacerme de un ejemplar de La blanca hierba de la noche, esa opera prima deslumbrante publicada en el 2005 en Guatemala, no exenta sin embargo de cierta solemnidad y un tanto grandilocuente. Aquí cabe recordar que, según Yeats, retórica es todo aquello que se hace con la voluntad y no con la imaginación.
Con todo, lo más destacable de ese poemario fue la curva melodiosa de los versos, salpicada de imágenes líricas y hallazgos semánticos.
Con La secreta voz de las aguas (2010), Marco Antonio Madrid ha adquirido una voz poética más sobria y decantada y, como bien dice Felipe Rivera Burgos en el magnífico prólogo, logra avanzar “hacia un lenguaje maduro y menos sentencioso” (sobre todo en la segunda parte del libro).
La atención del poeta se desplaza esta vez de la mitología griega, tan presente en su primera obra, a la naturaleza, a los elementos telúricos, a la flora y fauna del “solar nativo”. Poesía “paisajista” o bucólica se dirá, género fatigado, propio del (insípido) jardín donde pastan los vates más tradicionales.
Sin embargo, Madrid consigue revigorizar -e insuflarle brío- al género y lo “redime” una vez más, tal y como lo hace el sueco Tomas Tranströmer, quien se hizo acreedor al Premio Nobel de literatura el año pasado.
En efecto, el poeta escandinavo no sólo recrea brillantemente el paso de las estaciones climáticas de Suecia, con sus inviernos prolongados y severos y sus veranos breves y fulgurantes, sino también sabe evocar la magia de los inmensos bosques de su país, junto con los animales que los habitan.
De manera similar, Madrid se entronca con el reino vegetal y animal de su provincia de origen, Santa Bárbara, a partir de un tono exultante y entrañable ( el glosario, al final, se lee casi como un manual agrícola). Tales elementos naturales pertenecen a sus recuerdos de niño y están imbuidos de apego y nostalgia. En ese sentido destaca “Poemas de las tierras altas”:
“Todo lo que creías olvidado está en la memoria,
el sol en las zarandas, el misterioso sonido
del agua entre las piedras,
el río como un cuchillo de hielo atravesando
las sierras…
(p. 50)
Además de las aguas de los ríos, el poeta logra captar bien el mar que es, como suele decirse, el principio y fin de todo. El mar es muerte y renacimiento, es donde yace nuestro origen y, para los seguidores de Jung, símbolo de la agonía y del cierre del ciclo de la vida:
“El mar como un animal herido y jadeante entre las piedras.
El mar de mi abuelo, marino a sus dieciocho años,
el de aquellos navegantes que dieron gracias por salir
de sus honduras (…)
El mar de Walcott, ese cofre gris que tiene
a buen resguardo la memoria del mundo”
(p. 45)
Como siempre, lo destacable es el modo mediante el cual un poeta es capaz de abordar una temática en particular, sin caer en lo trillado, esquivando los ripios y los lugares comunes. Y en ese empeño Madrid sale airoso (su único desliz consiste en aludir a “la lluvia pertinaz”). Su aproximación al ámbito rural es fresca y vital, apta para evocar las fragancias del campo, “bajo un cielo imborrable” (p. 17), donde “los ríos (…) bajan de las montañas” y “el sol (…) extrae su oro/ de ese nicho de rocas donde hermanan sus aguas” (p. 17).
El canto a la naturaleza se da, además, en contraposición a la sordidez urbana: “A lo lejos, en los vertederos públicos de las grandes/ ciudades, donde el amor agoniza como un animal nocturno” (p. 39). Pues, en efecto: “Atrás queda el necio, la ciudad y la horda que vuelve/ gris el silencio transparente de las fuentes” (p. 41).
La secreta voz de las aguas consolida los logros que Marco Antonio Madrid alcanzó en su primer poemario, es decir, la habilidad para hilvanar líneas cuya melodía es capaz de rozar a cualquier lector, con un lirismo diáfano y transparente. Lo nuevo son las trazas de melancolía inocultable. En medio de la exaltación de esa “miel de donde brota el manantial/ de la memoria y sus anchas vegas” (p. 49), subyace la reflexión y la pesadumbre: “Y sientes que se acaba todo, que se va la vida,/ que se van los años” (p. 64). La precaria mortalidad, “de la cuna al sepulcro” (p. 73), frente a la imperturbabilidad de los “estancados cielos” (p. 31).
Ciertamente Madrid trae a colación que pese al esplendor de “las aguas que pulen/ insomnes el duro mineral de un origen” (p. 65), y al “ milagro de la yerbabuena” (p. 57), queda el inevitable sedimento de tristeza y dolor, propio de la condición humana. No en vano “La noche es vasta,/enorme la soledad” (p. 75), y “el enemigo acecha” (p. 61).

Estocolmo, 16 de febrero del 2012

domingo, 15 de enero de 2012

Literatura hondureña del 2011


Poff, El mundo es un puñado de polvo y Música del desierto, tres de los títulos de narrativa publicados en 2011 en Honduras.
Repaso las líneas del estante que alberga mis libros de literatura hondureña y, sin rigor alguno pues me confío sólo a la memoria y a lo que tengo a mano, decido elaborar una lista de los títulos publicados el año recién finalizado, la mayoría de ellos por autores o por editoriales de la costa norte:
Destaca el protagonismo de la narrativa, que vio la publicación de cuatro novelas y cuatro libros de cuentos, además de una antología, lo cual es la confirmación de que este género está cobrando mayor importancia entre los escritores de este lado del país, dejando a Tegucigalpa con la hegemonía en la poesía. Entre todos ellos, dos primerizos: Darío Cálix (Poff, Editorial La Hermandad de la Uva) y Martín Cálix (Partiendo a la locura, Ñ Editores), el primero con mucha más calidad que el segundo, aunque ambos aborden temas comunes, como la música y esa especie de escepticismo Siglo XXI. Los restantes son más conocidos, aunque dos de ellos se estrenan en novela y cuento, respectivamente: Jorge Martínez, con El mundo es un puñado de polvo (Editorial Grado Cero), una novela con maras y mareros escrita desde el centro mismo de ese submundo catracho, y Jessica Sánchez, con Infinito cercano (Letra Negra Editores), que es un libro de relatos en los que la mujer suele ser la protagonista, sin que esto derive necesariamente en feminismo puro, cosa casi siempre reprochable en los libros publicados por nuestras narradoras. Mario Gallardo dio a conocer los relatos orales de la comunidad garífuna de Masca en el libro La danta que hizo dugú (Mimalapalabra Editores), precedidos por un extenso ensayo introductorio que explica con detalle el proceso de preparación del libro, la historia de esta comunidad y sus rituales y creencias. Dennis Arita publicó su segundo libro de relatos, Música del desierto (Editorial Orbis), que sigue el estilo de su anterior obra y lo confirma como uno de nuestros mejores narradores. Memorial del blasfemo (Editorial Guaymuras) es la más reciente novela de Jorge Medina García, un narrador con amplia trayectoria y gran calidad. Buscando el paraíso (Editorial Iberoamericana) es la segunda parte de la trilogía que se ha propuesto escribir Marta Susana Prieto sobre la llegada de los españoles a nuestro territorio, un proyecto que posiblemente termine este año o el próximo.
Murvin Andino decidió publicar su segundo poemario, Extranjero (Mimalapalabra Editores), y en este género se reeditaron dos libros más: La casa de los locos, de John Connoly, y El canto de las estaciones, de Javier Hernández, ambos con Ñ Editores. Otra reedición destacada es Afinidades (Mimalapalabra Editores), de Hernán Antonio Bermúdez, que reúne los mejores ensayos de crítica literaria escritos por su autor durante varios años, casi todos enfocados en obras de autores hondureños.
Finalmente, dos antologías de la Editorial Nagg y Nell: Entre el parnaso y la maison, preparada por Gustavo Campos, que reúne textos narrativos de 10 autores del norte de Honduras, y Cuarta dimensión de la tarde, preparada por Otoniel Natarén, que incluye poemas de autores de la costa norte y de la ciudad de Holguín, Cuba.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Nueva edición de Afinidades


Afinidades, el libro de ensayos sobre literatura hondureña que Hernán Antonio Bermúdez publicó hace varios años con la editorial de la SCAD, vuelve ahora, aumentado y mejorado, con el aporte de Bayron Benitez, diseñador de la carátula, y de Otoniel Natarén, quien se encargó de la diagramación. Nuevos ensayos y nueva apariencia hacen de esta edición de Afinidades con Mimalapalabra Editores (segundo título de la colección Convergencias) una de las noticias literarias más agradables de los últimos meses en Honduras. Estén atentos, que pronto llegará a las librerías.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Vida en vilo

El poeta Roberto Sosa, sentado en un pupitre de la UNAH-VS, en diciembre de 2010. Fotografía de Gerardo Torres.

A tres meses de su fallecimiento, Roberto Sosa, el poeta que todos consideraban la voz de la conciencia social en Honduras, sigue reclamando la atención de los estudiosos de su obra. El jueves pasado sus familiares y amigos le rindieron un homenaje póstumo en la biblioteca de la UNAH-VS y hoy, Hernán Antonio Bermúdez, uno de los críticos literarios más importantes del país, le dedica un texto en el que rescata su voluntad férrea de escribir aún con todo en contra.
“El escritor no considera de ninguna manera su trabajo como un medio. Es un objetivo en sí; hasta tal punto (…) que brinda en sacrificio la ofrenda del trabajo y cuando hace falta, su propia existencia personal”. Carlos Marx.

No hay un autor que haya dejado un rastro más hondo en la literatura hondureña contemporánea que Roberto Sosa. Ante su ausencia definitiva, ese convencimiento no hace sino afianzarse. Como se sabe, su brillante carrera literaria se vio jalonada por premios y reconocimientos internacionales así como por la traducción de su obra a varios idiomas. Sin embargo, dentro del país no se le ha valorado en la dimensión que merece.
Si bien a un autor se le juzga precisamente por la obra que ha dejado, es necesario decir que Sosa asumió la profesión de escritor no como una actividad secundaria sino como un quehacer vital, es decir, convirtió la literatura en una forma de existencia.
En tal empeño supo combinar su implacable virtuosismo con el sarcasmo y la ironía que constituyen, según Robert Musil, una suerte de profilaxis contra la estupidez de la sociedad.
Se puede afirmar de Sosa lo que dijera Nicolás Guillén del cartagenero Luis Carlos López: “sus versos son los de un gran poeta, amargo, profundo, en quien el sarcasmo es arma ofensiva de superior eficacia”.
Por su parte, Milan Kundera nos recuerda que “la ironía irrita. No porque se burle o ataque, sino porque nos priva de certezas revelando el mundo como ambigüedad”.
No extraña, entonces, que la “sal dulce” (valga ese título oxímoron) de la poesía de Sosa nunca fuera del todo digerida ni su figura integrara el lánguido olimpo de las glorias locales. Es más, Sosa supo disponer los asuntos de tal manera que ni siquiera en ausencia pudieran tocarlo los helados reconocimientos del poder. En esto fue fiel hasta el final a su temple contestatario, ese riesgo que consiguió alejarlo del eterno sainete de la cultura oficial.
Por el contrario, el poeta degustó el habla popular. De allí sus poemas menos literarios y más coloquiales, y aun cuando emplee expresiones callejeras, la fuerza y economía de las formas enriquecen el ritmo de su poesía.
Según Marx, el escritor debe tener la posibilidad de ganarse la vida para poder existir y escribir, pero en modo alguno debe existir y escribir para ganarse la vida. Roberto Sosa tuvo que escribir para ganarse el sustento, e hizo la “travesía del desierto” a fuerza de azarosos menesteres literarios, de labores de editor de revistas, antologías y compilaciones, a menudo desde la “infinita discreción de la humildad”.
Conoció, en consecuencia, sinsabores, dificultades y mezquindades como pocos, y sintió el cerco de la barbarie. Tal es el desfiladero por el que transitan las escrituras de gran calado, que suelen desembocar en el aislamiento y la indiferencia de un ambiente hostil. Y es que, en definitiva, como lo ha demostrado Canetti, es en las palabras donde se encuentra la verdadera rebelión contra el orden establecido.
Que la obra de Roberto Sosa, tras su muerte, se hunda en el olvido o pierda su valor, resulta dudoso, incluso improbable. O, mejor aún, improbable, incluso imposible.
23 de agosto del 2011

lunes, 18 de julio de 2011

Oleada de literatura en la costa norte para el 2011


José Raúl López, Giovanni Rodríguez, Jorge Martínez, JJ Bueso y Darío Cálix son
algunos de los escritores que publicarán nuevo libro este año en el norte hondureño.
La nota publicada hoy en diario Tiempo, pero aquí corregida, aumentada y sin manos extrañas:
En el inicio del prólogo que escribiera el crítico literario hondureño Hernán Antonio Bermúdez para una novela publicada en esta ciudad en 2009 señalaba que “El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la costa norte”. Esta frase, que en ese momento era sólo una opinión primaria, en los últimos dos años pero sobre todo en este 2011 cobra mayor significado.
Al menos unos 24 libros de literatura, 14 de ellos de narrativa, se habrán publicado en esta ciudad al finalizar el año, una estadística sorprendente, considerando que ha sido Tegucigalpa la ciudad que durante mucho tiempo llevó la pauta en cuanto a publicaciones literarias en Honduras.

Editoriales
Aunque no es el único factor, el surgimiento de algunos sellos editoriales ha sido determinante para que se produzca esta eclosión editorial en la costa norte pues los autores que empiezan a formar parte de sus catálogos ya no necesitan dirigir la mirada hacia la capital en busca de editores, diagramadores y diseñadores de libros.
Algunas de estas editoriales, como las sampedranas Mimalapalabra y Nagg y Nell, surgieron en 2009 con libros de poesía y narrativa y cuentan con tres y cinco títulos publicados hasta la fecha, respectivamente. Pero otras como La Hermandad de la Uva, Grado Cero Cartonera y Palapan, las primeras dos sampedranas y la tercera progreseña, aparecen por vez primera en el mercado editorial hondureño.

Nuevos títulos
Títulos como Entre el parnaso y la maison, una recopilación de textos narrativos de 10 autores sampedranos, publicada por Gustavo Campos en la editorial Nagg y Nell en abril o 15° Norte. Narradores del Valle de Sula. 1991-2011, que aparecerá a finales de año bajo la dirección de Mario Gallardo en Mimalapalabra Editores, dan cuenta de este “boom” de las letras en la costa norte de Honduras.
También en narrativa, el 2011 verá en San Pedro Sula la aparición de varias novelas. Dos de ellas son Poff, de Darío Cálix y Fastidium, de J.J. Bueso, ambas con La Hermandad de la uva, una editorial que pretende aglutinar el trabajo literario de la más reciente generación de escritores noroccidentales.
El libro de cuentos Sobre la locura, del progreseño Martín Cálix, aparecerá bajo el sello editorial del colectivo Palapan, acompañado por dos libros de poesía: La casa de los locos, de John Connolly y El canto de las estaciones, de Javier Hernández.
Un curioso proyecto resulta ser Grado Cero Cartonera, el sello de los Poetas del Grado Cero, que publicará la sorprendente cantidad de 10 libros en ediciones artesanales, utilizando materiales reciclables y empezando por las novelas El mundo es un puñado de polvo, de Jorge Martínez y Con la lluvia en los ojos, de Luis Ávila.
Además, tres libros de ensayo, el poemario Las causas perdidas y una colección de relatos, también de Jorge Martínez, y tres poemarios más de Karen Valladares.
En el género del ensayo, Mimalapalabra Editores reeditará este año dos libros indispensables para entender el campo literario que cada uno de ellos aborda: La danta que hizo dugú, de Mario Gallardo, un estudio sobre la tradición oral garífuna en la comunidad de Masca, acompañado de relatos orales de los pobladores, y Afinidades, reseñas y ensayos de Hernán Antonio Bermúdez sobre libros hondureños.
Además, Giovanni Rodríguez lanzará, bajo el título Café & Literatura una colección de 50 artículos publicados durante un año en un diario guatemalteco, acompañados por algunas reseñas de libros hondureños.
Recientemente aparecieron Extranjero, de Murvin Andino, el quinto libro de Mimalapalabra Editores, cuarto de su colección de poesía, Infinito cercano, el primer libro de cuentos de Jessica Sánchez, bajo el sello guatemalteco Letra Negra Editores y la antología de poesía Cuarta dimensión de la tarde, que reúne a poetas cubanos y hondureños. Música del desierto, segundo libro de cuentos del limeño Dennis Arita, se publicará este mes con el sello Orbis.

sábado, 7 de marzo de 2009

Herejías y otras hierbas

Portada de la novela Ficción hereje para lectores castos.
Hernán Antonio Bermúdez
“Los niveles insoportables de alienación y fanatismo que había adquirido la sociedad en los últimos tiempos”. (Capítulo 1)
El eje de la narrativa hondureña parece haberse desplazado a la costa Norte. Tras la reciente publicación del excelente libro de relatos Las virtudes de Onán (2007) de Mario Gallardo, surge ahora la novela Ficción hereje para lectores castos de Giovanni Rodríguez, de apenas 29 años de edad, y conocido como el audaz editor de mimalapalabra. En ambos libros San Pedro Sula, fenicia y violenta, refulge en el trasfondo, y su influjo se extiende a “los campos bananeros cercanos a la ciudad”.
Pero en esta ocasión no se trata de una novela bananera, ni mucho menos. Lejos de ello, y al igual que Gallardo, Rodríguez evita minuciosamente los nefandos ejercicios de realismo mágico (o, peor aún, de realismo socialista), cuya pobrísima floración en nuestra literatura no ha dado más que textos insípidos y obras de contextura cadavérica.
Si bien el narrador de Ficción hereje para lectores castos afirma que se trata de una “…pequeña historia para retratar a la sociedad ultra conservadora, mojigata y corrupta que tenemos en este país profundo”, aquí no hay lugar para el panfleto político ni para el regodeo testimonial. Se está en presencia de una novela imaginativa, plena de invención verbal y desenfadada, que impresiona por su ambición sin antecedentes dentro de la literatura hondureña: atreverse a criticar, en son de broma –en plan de juego-, a la religión (esa rama de la literatura fantástica, según Borges) y, más específicamente, a los pastores de las sectas religiosas.
Pero a la par de su vena lúdica y agnóstica, esta opera prima de Giovanni Rodríguez como narrador (si bien había publicado antes dos libros de poesía: Morir todavía -2005- y Las horas bajas -2007-), traza una semblanza generacional de cierta juventud pensante de la costa Norte del país. Para ello se vale de los cuatro jóvenes integrantes del grupo denominado “Los Herejes”, cuya rebeldía iconoclasta les lleva a cuestionar al mundo tal cual es: ven por todas partes males a corregir y entuertos por enderezar y, como es natural, pretenden modelar la sociedad según sus propios ideales.
“Los Herejes” nadan contra la corriente de las convenciones, juegan heréticamente con los fundamentos de la fe religiosa, critican y se burlan de las impregnaciones de ésta en el tejido social hasta que deciden “pasar a los hechos”, a la hechicera praxis, habida cuenta de que la misma echa mano de medios materiales cuando ya no basta la mera convicción ni la teoría pura.
Para ello, tras varios episodios de provocación y escándalo, intentan secuestrar al verborrágico Satanael Aguilar, pastor de una iglesia evangélica, denominado el “apóstol” por sus feligreses, alrededor del cual gravita un clima de veneración santurrona e insulsa. Proyecto de secuestro que no busca intereses económicos sino apenas darle un escarmiento al mercantilizado “embaucador de almas”.
Pero es más, Ficción hereje para lectores castos no sólo enfoca las arremetidas de esta banda de soñadores contra uno de los bastiones del orden moral sino que teje tramas de variada suculencia al detenerse en las relaciones amorosas de estos “buenos muchachos” (primer título tentativo de la novela), y explorar los pliegues del sexo y del amor o, mejor, abundar en su “educación sentimental” y sexual.
En efecto, los heréticos Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo son objeto de asedio por parte de las mujeres, incluso, como Simón, desde temprana edad. Son ellas quienes toman siempre la iniciativa en los escarceos eróticos, y los muchachos no hacen sino reaccionar frente a los avances amatorios del sexo femenino. El caso más extremo es el de Gladisita, quien no sólo inicia a un Simón de ocho años en los “juegos de manos” y de boca sino que, luego, cuando éste es ya quinceañero (y ella de diecinueve), lo reencuentra y arrincona cual “cazadora” con su “presa”, y hacen “el amor como Dios manda”.
El autor le dedica un capítulo a cada uno de los integrantes de “Los Herejes”, y establece un delicado equilibrio (o contrapunto) entre el grupo y sus miembros, sin desmedro de ninguno. Por medio de un sistema diríase de “muñecas rusas”, la novela pasa del cuarteto (del ente colectivo) a indagar en la biografía de cada uno de sus componentes. De un bosquejo generacional, de la camada, se pasa a una suerte de confesión existencial en el plano individual.
Cada uno de ellos, Wilmerio, Simón, Ricardo y Alfredo, posee sus propias motivaciones para militar en la banda, en una mezcla de convicción afiebrada y auto-ironía que desarrollan en sus papeles de jóvenes letrados e intrépidos.
El narrador a lo largo del relato es, según se dice, un joven que observa y le sigue los pasos a “Los Herejes”, como un detective que, además, intenta interpretar sus vidas. Así, incluso le informa al lector sobre las lecturas del cuarteto, y nos enteramos, por ejemplo, que en la lista de literatura erótica a la que es aficionado Simón, se incluye Las virtudes de Onán, en un guiño de complicidad con Mario Gallardo.
A propósito de éste, hay que decir que así como en ese libro (y más concretamente en el relato “Noche de samba bárbara”), rescata como protagonista a Heimito Kunst, personaje de Los detectives salvajes, la novela canónica de Roberto Bolaño, y le infunde una prórroga de vida (aunque fugaz) en Honduras, Giovanni Rodríguez también registra en su radar a Heimito a su paso por Copán Ruinas (aunque sin mencionar al austriaco por su nombre), y hace que sus herejes, en desbandada tras el secuestro frustrado de Satanael Aguilar, se topen con él en medio de una nube de marihuana. Extrapolación de otra extrapolación literaria (léase “rizar el rizo”).
Y es que al final de Ficción hereje… hay un Flash back (post-scriptum) que actualiza al lector sobre las correrías del cuarteto, una vez fracasado el plagio del “apóstol”. Pues, como cabe esperar, los confabulados huyen de San Pedro Sula, ciudad que, ya se vio, actúa a manera de escenario, por momentos gracioso, de la despreocupación e irreverencia de estos jóvenes cuyas lecturas y cultura literaria no les exime de una cierta ingenuidad en “esta periferia del mundo”. Inocencia salvaje que les hace incluso asombrarse de que su intento de secuestro al pastor pueda ser visto como un delito por parte de la policía, y no como una simple picardía o travesura anarquista de los “días de una juventud enfebrecida en la que todavía pensaba que podía ayudar a cambiar el mundo con mis acciones”.
Este tono más maduro del post-scriptum, que ve retrospectivamente las andanzas de los protagonistas, es una “vuelta de tuerca” donde el narrador confiesa, al final, que él es uno de los miembros del errático cuarteto y se comunicó con Giovanni Rodríguez para que éste organizara el material narrativo y lo publicara bajo el sello editorial mimalapalabra.
Así como en ese ejercicio intertextual de desdoblamiento autoral, Ficción hereje… se mantiene, en todo momento, ligera, graciosa, con un humor socarrón. Incluso los pasajes más dramáticos o reflexivos están matizados por bromas o sarcasmos brutales y directos.
Con esta novela, Rodríguez airea y revitaliza el lenguaje novelístico de Honduras, maneja con desenvoltura una forma inédita de narrar y, de esta manera, se incorpora a las corrientes literarias más vitales y renovadoras de la actualidad. Todo lo cual hay que celebrar y, a la vez, esperar que el dúo Rodríguez-Gallardo pronto se transforme en un cuarteto de “sampedranía”* o, como diría el “apóstol” Satanael en términos típicamente retumbantes, en los “jinetes del apocalipsis” narrativo en “este país tercermundista con nombre de abismo”.
El arte siempre depende de un principio de “selección natural”: la sobrevivencia de los más aptos en el plano creativo. Estoy seguro de que Giovanni Rodríguez, por su habilidad expresiva, estará al frente de esa desbocada cabalgata.
Quito, 22 de mayo del 2008.

martes, 17 de febrero de 2009

El resplandor del deseo

El poeta triniteco Rigoberto Paredes. Fuente: laberintodeltorogoz.blogspot.com
Está por aparecer Lengua adversa, el último libro de poesía de Rigoberto Paredes, del que conocemos algunos poemas publicados en la ya extinta sección literaria "Orbis" de El Heraldo. El prólogo del libro fue escrito por un viejo conocido nuestro hace más de un año, cuando aún vivía en Quito. Ahora vive en Bogotá y desde allá nos envía la primicia.
Hernán Antonio Bermúdez
“Darío te daría unas profanas prosas y Neruda esa cursi canción desesperada”.

(de “Lapsus”)

“Muerdo por vos, el polvo,/trago mi lengua adversa,/rumio estas cenizas./ Marcho a mi soledad,/madre del yermo,/ me voy, me voy/a idear, como Thor, otras batallas”.

(de “Letanía del que volverá”)

Con renovada confianza en sí mismo, propia de un poeta en plena forma, Rigoberto Paredes publica hoy Lengua adversa. En sus últimos dos poemarios, La estación perdida (2001) y Obra y gracia (2005), había pasado (para decirlo de manera simplificada) de la melancolía a la euforia. Pero ahora ha encontrado el equilibrio justo: estoico en la adversidad, y epicúreo cuando no, Paredes entrega a los lectores una nueva colección de poemas tersos, traslúcidos, cristalinos.
En Lengua adversa el título actúa como espuela: controla la atmósfera del conjunto y afecta el significado y contexto de varios de los poemas incluidos:
“Lengua adversa será, vilipendiada,/ viperina, procaz y tabernaria”.
La lengua se vuelve un leitmotiv y, así, aparece como “Tacos de lengua” (una serie) y como “Lengua franca” (título de un poema); las “adversas lenguas” de “la lotería literaria” en “Cuentas claras”; “esa lengua /despreciable, malnacida”, referida al castellano en “Otro discurso para nunca ingresar a la academia”[1], “lenguas académicas y fijamente puras”, (…) “Lengua adversa/ y ladina y plebeya y mordicante”/(…) “mundana y desbocada”/(…) “miembra de número/ de la Academia Triniteca de la Lengua”, en referencia a Trinidad, Santa Bárbara, pueblo natal del poeta, como se sabe. Para no mencionar la “lengua griega” de Safo, y otras alusiones lingüísticas en “Letanía del que no volverá” y en “Post” (“Perversa, aviesa lengua”), que culminan en esas rotundas líneas: “mi lengua, por adversa,/plato del día sea/ en Paradiso”.2
En medio de una poesía de cadencia fluida, hay una búsqueda constante, laboriosa, de la palabra precisa, de la imagen exacta. Prolija tarea en la que el poeta sabe hacer acopio de maestría técnica sobre las herramientas de su oficio.
De ahí que a pesar de su intensidad, la poesía de Paredes resulte relajada y fluya, a veces, con las inflexiones del habla natural, acompasada al ritmo de la conversación.
Su uso imaginativo de las palabras viene imbuido de un hálito erótico cuyo efecto es fecundo y liberador. Pues sin el deseo la imaginación se atrofia. En tal sentido, en Lengua adversa se respira un clima de licencia, goce y energía libidinal. Mejor dicho, lujuria de buena ley, sobre todo en algunos poemas de “Tacos de lengua” y en la sección intitulada “Catulinarias”. Allí el narrador es un maestro en el campo de la seducción, mujeriego incansable, modelo de inconstancia, infiel pretendiente que no busca sino hincar el diente. Emparentado, sin duda, con “el solitario” de La estación perdida, otro “salteador de alcobas”, sensualista, de irrefrenables apetitos carnales.
Eliot (para mencionar a uno de los poetas predilectos del autor: ver la lista de su panteón en “De vates con lisonja (im)propia”) una vez definió el humor como el arma con la cual la inteligencia se defiende a sí misma.
Tal es el caso en Lengua adversa, pues aquí prolifera el divertimento y el juego maestro con las palabras, el sarcasmo elegantemente venenoso, el ingenio cáustico, la descarnada mordacidad. Es más, el humor está allí para quienes lo puedan apreciar y de manera tal que no ofenda a quienes no lo capten.
Una vez más, la poesía depende de la concentración: el poeta retoma el lenguaje común y lo moldea para que calce a la medida de su sensibilidad. Digámoslo de nuevo, los versos de Paredes son virtuosos: cada línea está elaborada, pulida y puesta en su sitio con cuidado microscópico.
Y todo ello “in articulo amoris”, tras los favores de Eros, en el bazar sexual, desde “esta cama de viejo cazador”, “nido de diosas”, sabedor de que toda pasión se convierte, eventualmente, en cenizas, pero dispuesto siempre a volver a amar si las ninfas y los dioses del placer así lo disponen (ver “Petición de parte”).
En efecto, en Lengua adversa se está de continuo ante la inminencia del escarceo erótico, al calor de la intoxicante expectativa del juego sexual. Al fin y al cabo el buen sexo -según se dice- enriquece la sensibilidad estética (y viceversa, se presume). Pues, como afirma el húngaro Sándor Márai, “La vida no es simplemente una cuestión de reglas, prohibiciones y cadenas, sino de pasiones”, de saberse y sentirse vivo. De ahí el resplandor del deseo, producto de una vena libertina y libertaria, no exenta de cierto regusto cínico.
Ciertamente para Paredes el mundo es un lugar de interrogantes e interrogaciones, apto para el cuestionamiento y la ironía. Fiel al aserto de Aldo Busi de que el artista debe desembarazarse de los clichés de la sociedad salvo para estigmatizarlos y burlarse de ellos (ver “Letra para un himno” y “Acusaciones”).
Con todo, a mí me gusta el tono íntimo del poema “Martes trece”, donde el autor hace un recuento de los hitos memorables de su vida (“Un día como hoy murió mi padre(…)/ Un día como hoy rondaba yo los veinte,/ y publiqué mi libro, primero, de poemas,/ del cual yo mismo, ni nadie/ tiene que acordarse./ A los cuarenta, ese día,/ me casé con la única muchacha de ver/ de La Plazuela./ ¡Ese día, ese día no toqué madera!”. O bien el repaso reposado de sus obras en “Autocrítica”. De nada cabe arrepentirse. El único remordimiento válido parecería ser el de los amores esquivos o inconclusos, el de las “asignaturas pendientes”, o, como diría Joaquín Sabina, “de lo que pudo haber sido, y que nunca será”.
Habría que anotar finalmente la manera en que el poeta transfiere expresiones de su contexto habitual a otro en el que aparecen fuera de lugar y, por tanto, cobran un tinte fresco y original: “Y yo te digo, amor,/ sin pelos en la lengua,/hagamos ese amor que más nos gusta”.
Dislocaciones semánticas aparte, Rigoberto Paredes evita como la peste la auto-conmiseración, fuente común de humanos sinsabores, pero no por ello se pavonea de sus triunfos verbales (consciente del grado en que ha sabido consolidar su reputación literaria): “Dolor cuesta decirlo: fuí vencido./ En mala lid perdí/ ese reino de poesía y gloria/ que algún pequeño dios/ me hubo deparado./ (…) De mí queden, no más/ estas palabras con música del mar/de Samotracia, la encantada”.
Ya lo dijo, mejor que nadie, S. Márai: “El poder de la escritura es mayor que el del tiempo. Lo que hacemos, lo que deseamos, lo que amamos, lo que decimos, todo se acaba. Las mujeres pasan, los amoríos terminan. El polvo del tiempo se asienta sobre todo lo que hemos hecho, sobre todo lo que nos atrajo alguna vez. Pero las palabras permanecen”. Por eso, el poeta en “Tercera edad” (“Mañana cumpliré cien años. /O los cumplí hoy mismo, o ayer, sin darme cuenta”), afirma, fiel sólo consigo mismo:
“Que despreciable edad!, gruñía Quevedo, (…)
Despreciada o mal tenida a menos;
pero edad de dioses, como yo,
que amaron y vencieron, pese a todas”.
Quito, 3 de diciembre de 2007
Notas:
[1] Ya había habido un primer “Discurso para nunca ingresar a la academia” en Las cosas por su nombre (1978).

2 Para una curiosa correspondencia con otro tipo de alusiones a “las lenguas” (aunque de cariz del todo diferente) en la narrativa hondureña, ver Figuras de agradable demencia (1985) y Traficante de ángeles (1997) de Roberto Castillo.

domingo, 1 de junio de 2008

Marinero de la medianoche

Por Hernán Antonio Bermúdez

“Con mi frágil cuchillo de marinero muerto”. p. 32

“Fui marinero de la medianoche”. p. 108

La poesía, según Coleridge, consiste en “las mejores palabras en el mejor orden posible”. Y ello se comprueba al leer la obra singular de Roberto Sosa, sin duda el poeta de mayor aliento en la literatura hondureña de los últimos cuarenta años.

Y digo cuarenta años deliberadamente por cuanto en el 2009 se cumple el cuadragésimo aniversario de la publicación de Los pobres, el libro que ganó en España el Premio Adonáis 1968, a partir del cual Sosa se convierte en una figura fundamental de nuestra vida literaria.

A ese respecto cabe señalar que en el 2006 se publicó en Francia Poesía total (1959-2004) que reúne, como su nombre lo indica, el corpus sosiano completo, precedido de un notable prólogo de Claire Pailler, quizá el estudio más riguroso emprendido hasta ahora sobre la obra de Sosa.

También en el 2007 apareció Sosa para siempre, otra antología del autor, donde, a diferencia de Poesía total, su producción no aparece clasificada en libros sino en cinco “movimientos”, cada uno de los cuales actúa como marcador aglutinante de esta escritura que tanto ha incidido en generaciones sucesivas de poetas hondureños.

Tras el inevitable asentamiento geológico de su poesía (y en consonancia con la sólida argumentación esgrimida por dicha crítica francesa), resulta evidente que el Sosa más sosegado y gozoso es el de sus poemas del amor y del deseo, recogidos en Digo mujer (2003), y que figuran juntos en el cuarto movimiento de Sosa para siempre.

En esa travesía amatoria reanuda con fluidez sus buenas migas con la poesía prosificada (cf. “Imagen de la lluvia”, “Como un elogio” y “En este parque, solo”), lleva a cabo osados juegos de palabras (ver, por ejemplo, “Último verso de un epigrama”), recobra su fuerza encantatoria y su capacidad de sorprender al lector. Allí están esos poemas perfectos como “El más antiguo de los nombres del fuego” y “La sal dulce de la palabra poesía”, así como aquella línea clara y contundente: “Por ella, aquí, es menos doloroso el oficio de poeta”.

Sin embargo, la poesía de Roberto Sosa entraña a la vez el desasosiego y la pesadumbre (presentes en los movimientos primero, tercero y quinto del libro en cuestión), que aflora en esa grieta a menudo insondable que separa la realidad del deseo (el movimiento faltante, el segundo, está signado por la ternura).

Por ello, es dable sostener que para Sosa la escritura significa placer, tentativa de sobrevivencia y pugna contra la muerte y sus emisarios, contra “las refinadas aproximaciones de la calavera” (p. 115). Así, sus textos oscilan entre la pasión y la amargura, la dicha y el exilio.

En efecto, una luminosidad diríase matinal impregna a un buen lote de sus poemas, en tanto la restante porción se cubre de sombras crepusculares, donde la agonía u otras asechanzas parecen cernirse sobre el poeta. De una parte, digamos, un eros dionisíaco, solar, versos celebratorios y paganos:

Tu nombre digo y beso tu blancura.

Tu nombre escribo y toco, hebra por hebra,

el cisne negro del pubis.

El amor, el cuadro de su sombra,

es el músico cierre de una mano extendida a otra mano.

(p. 175)

De otra, desaliento, escisión de sí mismo y de un entorno opresivo, lírica de la cavilación y de la incertidumbre: Sobre las sensaciones de vacío bajo los pies.

Sobre los pasadizos inclinados que el miedo y la duda edifican.

Sobre la tierra de nadie de la Historia: estamos

solos,

sin mundo,

desnudo al rojo vivo el barro que nos cubre, estrecho

en sus dos lados el aire que nos queda todavía.

(p. 112)

Y traspasado todo el libro por sus olas, está el mar que, dado su “movimiento perpetuo” (como diría Monterroso), implica siempre errancia, fuga hacia otra realidad, más plena o, incluso, más azarosa y que, como tal, puede conllevar el extravío físico o metafísico. Como bien indica Pailler, la imagen del mar “es referencia constante en todos los poemarios” de Sosa y, como sugiere acertadamente, prefigura la totalidad. Allí se alude a la omnipresencia del mar, a su potencial expansivo frente al poeta que porfía por cambiar el orden terrestre. El mar, obviamente, supone la transfusión del flujo vital y, por ende, representa el desemboque final de ese fluir.

Además, se contrapone a la inmutabilidad de la tierra firme, sede de las ciudades, adversas a sus moradores. Así, el mar al igual que el campo (“la dignidad pacífica de las cosas del campo” –p. 164) –territorios autárquicos- serán por excelencia los espacios que susciten el encuentro y la revelación.

Si se confrontan los poemas de nítido perfil urbano como “Cruz del alba”, “Tegucigalpa”, “Una gaviota”, “los retornos”, “Los peldaños que faltan”, “Descripción de una ciudad en peligro”, con los poemas “acuáticos” (por llamarlos de alguna manera), como “Tempestad”, “La orilla”, “Naufragio”, “Adiós marino”, “El mar en el aire”, “Digo mar”, “Sobre el agua”, “El silencio de las sirenas”, se ve que en los primeros las actitudes y pulsiones humanas están marcados por la angustia, la claustrofobia[1] y la vaciedad existencial, mientras que en los poemas de “extramuros” se experimentan vivencias libérrimas, arcádicas: el refrescamiento de los sentidos.

En esta materia tampoco cabe ignorar a ese reparto de personajes estigmatizados por sus oficios, aledaño a la concepción de la sociedad como una puesta en escena o, mejor, una ópera bufa, que puebla varios poemas de Sosa: los abogados (“temibles”), los jueces (“sombríos”), los generales (“asesinos”), los guardaespaldas (“de la muerte”), los asesinos –propiamente dichos- (“alquilados”). Se trata de figuras alegóricas que, revestidas de un siniestro aire nocturno, remiten claramente a la inquisición y la condena, al peligro y la amenaza.

Y es que frente a la vida urbana (“me eriza esta ciudad en blanco y negro” –p. 23), allí en donde “siempre se es triste sin saberlo” y “nadie conoce el mar/ ni la amistad del ángel” (p. 34), el poeta prefiere alejarse “hacia donde se astillan crepúsculo y velero” (p. 72), caminar “hacia ese puente sobre la mar tendido” (p. 85) o, si acaso, llamar “desde un lugar hermoso parecido al mar” (p. 100).

Si la urbe resulta ser el foco de la desolación y/o la disolución (“resido en un lugar sin compasión alguna” –p. 23), y “la ruina acumulada de las ciudades” (p. 63) traza un círculo vicioso de desazón y desarraigo, el poeta, por su lado, no cesa de desplegar una panoplia costera y náutica, pues “el mar es mi hermano mayor” (p. 147), y por ello es que:

Mar afuera

de regreso al desierto nosotros los viejos lobos marinos

(odiados al desnudo o amados sin ocaso)

de palabra en palabra

llegamos hasta los pies de la gente del pueblo,

y ahí,

pobre como un lucero a ras de suelo

pudimos ver la casa donde habita la poesía.

(p. 204)

En suma, Sosa para siempre deviene en lectura imprescindible, pues alberga una selección de lo mejor de este gran poeta cuya maestría verbal está cimentada en un territorio del todo personal. Y, ya se sabe, sólo logra una tonalidad perdurable quien dispone de un orbe inventivo, de una cosmogonía en la que la memoria y los espectros[2] del poeta trafican con vocablos, correspondencias y obsesiones. Además, con Roberto Sosa se está ante una voz despojada y austera, hecha con un lenguaje depurado (“buscando/ el espacio más limpio de la página en blanco” –p. 193), o bien hiriente e implacable como un cuchillo (“sacando versos como caballo viejo” –p. 199). En todo caso, digámoslo una vez más, “las mejores palabras, en el mejor orden posible”.

Quito, 28 de abril del 2008

  • Notas

Los libros mencionados son:

Sosa para siempre, Editorial Atlántida, Tegucigalpa, 2007.

Poesía total (1959-2004), Presses Universitaires du Mirail, Université de Toulouse, Francia, 2006.

[1] En ese sentido, el título de su libro publicado en 1966 es sumamente expresivo: Muros.

[2] La imaginación poética de Sosa le conduce, a veces, a desfiladeros de impronta irracional, onírica o, según afirma (con acierto) Pailler, “imágenes de evidente hechura surrealista”, como “llevar en hombros el féretro de una estrella” o “entran y salen por espejos de sangre”. El lector atraviesa con una sensación de “delicioso terror” esos “paisajes peligrosos” a los que aludía Andre Breton en sus famosos Manifiestos.