Hernán Antonio Bermúdez
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sábado, 22 de marzo de 2014
Náufragos o el talento narrativo de Dennis Arita
viernes, 7 de marzo de 2014
La labor de Sara Rolla
Otro pequeño homenaje de Hernán Antonio Bermúdez, esta vez a Sara Rolla:
lunes, 17 de febrero de 2014
Ingrato oficio
Un texto breve de Hernán Antonio Bermúdez como homenaje a dos ases de nuestra literatura hondureña:
jueves, 9 de mayo de 2013
Revelaciones
Acaba de aparecer, en la revista Iowa Literaria, una reseña de Hernán Antonio Bermúdez sobre el libro de poesía de un autor chileno radicado en Italia. Ya saben, toda lectura elogiosa de HAB equivale a una recomendación, así que a buscar a Mario Meléndez:
miércoles, 20 de marzo de 2013
El otro infierno musical
Hernán Antonio Bermúdez nos envía desde Roma esta reseña sobre el cuento "Música del desierto", del libro del mismo título que Dennis Arita (La Lima, Cortés, 1969) publicó en 2011 con Orbis Editores. El cuento, que abarca más de la mitad del volumen de páginas del libro, es casi una novela y destaca entre los otros "por su singularidad y calidad literaria", según señala el crítico.
lunes, 20 de febrero de 2012
Melancolía de lo efímero
Hernán Antonio Bermúdez es, quizá, el mejor crítico literario de Honduras. Eso se comprueba fácilmente al leer Afinidades (Mimalapalabra Editores, 2011), un libro que reúne ensayos críticos de una buena cantidad de poetas y narradores catrachos. Hoy, nuevamente cede para este blog lo último de su producción: una reseña del libro La secreta voz de las aguas (Mimalapalabra Editores, 2010), de Marco Antonio Madrid:
domingo, 15 de enero de 2012
Literatura hondureña del 2011
Repaso las líneas del estante que alberga mis libros de literatura hondureña y, sin rigor alguno pues me confío sólo a la memoria y a lo que tengo a mano, decido elaborar una lista de los títulos publicados el año recién finalizado, la mayoría de ellos por autores o por editoriales de la costa norte:Destaca el protagonismo de la narrativa, que vio la publicación de cuatro novelas y cuatro libros de cuentos, además de una antología, lo cual es la confirmación de que este género está cobrando mayor importancia entre los escritores de este lado del país, dejando a Tegucigalpa con la hegemonía en la poesía. Entre todos ellos, dos primerizos: Darío Cálix (Poff, Editorial La Hermandad de la Uva) y Martín Cálix (Partiendo a la locura, Ñ Editores), el primero con mucha más calidad que el segundo, aunque ambos aborden temas comunes, como la música y esa especie de escepticismo Siglo XXI. Los restantes son más conocidos, aunque dos de ellos se estrenan en novela y cuento, respectivamente: Jorge Martínez, con El mundo es un puñado de polvo (Editorial Grado Cero), una novela con maras y mareros escrita desde el centro mismo de ese submundo catracho, y Jessica Sánchez, con Infinito cercano (Letra Negra Editores), que es un libro de relatos en los que la mujer suele ser la protagonista, sin que esto derive necesariamente en feminismo puro, cosa casi siempre reprochable en los libros publicados por nuestras narradoras. Mario Gallardo dio a conocer los relatos orales de la comunidad garífuna de Masca en el libro La danta que hizo dugú (Mimalapalabra Editores), precedidos por un extenso ensayo introductorio que explica con detalle el proceso de preparación del libro, la historia de esta comunidad y sus rituales y creencias. Dennis Arita publicó su segundo libro de relatos, Música del desierto (Editorial Orbis), que sigue el estilo de su anterior obra y lo confirma como uno de nuestros mejores narradores. Memorial del blasfemo (Editorial Guaymuras) es la más reciente novela de Jorge Medina García, un narrador con amplia trayectoria y gran calidad. Buscando el paraíso (Editorial Iberoamericana) es la segunda parte de la trilogía que se ha propuesto escribir Marta Susana Prieto sobre la llegada de los españoles a nuestro territorio, un proyecto que posiblemente termine este año o el próximo.
jueves, 8 de septiembre de 2011
Nueva edición de Afinidades
miércoles, 31 de agosto de 2011
Vida en vilo
A tres meses de su fallecimiento, Roberto Sosa, el poeta que todos consideraban la voz de la conciencia social en Honduras, sigue reclamando la atención de los estudiosos de su obra. El jueves pasado sus familiares y amigos le rindieron un homenaje póstumo en la biblioteca de la UNAH-VS y hoy, Hernán Antonio Bermúdez, uno de los críticos literarios más importantes del país, le dedica un texto en el que rescata su voluntad férrea de escribir aún con todo en contra.
No hay un autor que haya dejado un rastro más hondo en la literatura hondureña contemporánea que Roberto Sosa. Ante su ausencia definitiva, ese convencimiento no hace sino afianzarse. Como se sabe, su brillante carrera literaria se vio jalonada por premios y reconocimientos internacionales así como por la traducción de su obra a varios idiomas. Sin embargo, dentro del país no se le ha valorado en la dimensión que merece.
lunes, 18 de julio de 2011
Oleada de literatura en la costa norte para el 2011
La nota publicada hoy en diario Tiempo, pero aquí corregida, aumentada y sin manos extrañas:
sábado, 7 de marzo de 2009
Herejías y otras hierbas
Portada de la novela Ficción hereje para lectores castos.
Hernán Antonio Bermúdez
“Los niveles insoportables de alienación y fanatismo que había adquirido la sociedad en los últimos tiempos”. (Capítulo 1)
* Los demás miembros bien podrían ser Gustavo Campos, cuya novela corta Los inacabados ganó uno de los premios del Certamen literario 2006 “Premio Hibueras”, y Carlos Rodríguez, que ha publicado algunos de sus textos en mimalapalabra.
martes, 17 de febrero de 2009
El resplandor del deseo
Hernán Antonio Bermúdez
(de “Lapsus”)
(de “Letanía del que volverá”)
Notas:
domingo, 1 de junio de 2008
Marinero de la medianoche
Por Hernán Antonio Bermúdez
“Con mi frágil cuchillo de marinero muerto”. p. 32
“Fui marinero de la medianoche”. p. 108
La poesía, según Coleridge, consiste en “las mejores palabras en el mejor orden posible”. Y ello se comprueba al leer la obra singular de Roberto Sosa, sin duda el poeta de mayor aliento en la literatura hondureña de los últimos cuarenta años.
Y digo cuarenta años deliberadamente por cuanto en el 2009 se cumple el cuadragésimo aniversario de la publicación de Los pobres, el libro que ganó en España el Premio Adonáis 1968, a partir del cual Sosa se convierte en una figura fundamental de nuestra vida literaria.
A ese respecto cabe señalar que en el 2006 se publicó en Francia Poesía total (1959-2004) que reúne, como su nombre lo indica, el corpus sosiano completo, precedido de un notable prólogo de Claire Pailler, quizá el estudio más riguroso emprendido hasta ahora sobre la obra de Sosa.
También en el 2007 apareció Sosa para siempre, otra antología del autor, donde, a diferencia de Poesía total, su producción no aparece clasificada en libros sino en cinco “movimientos”, cada uno de los cuales actúa como marcador aglutinante de esta escritura que tanto ha incidido en generaciones sucesivas de poetas hondureños.
Tras el inevitable asentamiento geológico de su poesía (y en consonancia con la sólida argumentación esgrimida por dicha crítica francesa), resulta evidente que el Sosa más sosegado y gozoso es el de sus poemas del amor y del deseo, recogidos en Digo mujer (2003), y que figuran juntos en el cuarto movimiento de Sosa para siempre.
En esa travesía amatoria reanuda con fluidez sus buenas migas con la poesía prosificada (cf. “Imagen de la lluvia”, “Como un elogio” y “En este parque, solo”), lleva a cabo osados juegos de palabras (ver, por ejemplo, “Último verso de un epigrama”), recobra su fuerza encantatoria y su capacidad de sorprender al lector. Allí están esos poemas perfectos como “El más antiguo de los nombres del fuego” y “La sal dulce de la palabra poesía”, así como aquella línea clara y contundente: “Por ella, aquí, es menos doloroso el oficio de poeta”.
Sin embargo, la poesía de Roberto Sosa entraña a la vez el desasosiego y la pesadumbre (presentes en los movimientos primero, tercero y quinto del libro en cuestión), que aflora en esa grieta a menudo insondable que separa la realidad del deseo (el movimiento faltante, el segundo, está signado por la ternura).
Por ello, es dable sostener que para Sosa la escritura significa placer, tentativa de sobrevivencia y pugna contra la muerte y sus emisarios, contra “las refinadas aproximaciones de la calavera” (p. 115). Así, sus textos oscilan entre la pasión y la amargura, la dicha y el exilio.
En efecto, una luminosidad diríase matinal impregna a un buen lote de sus poemas, en tanto la restante porción se cubre de sombras crepusculares, donde la agonía u otras asechanzas parecen cernirse sobre el poeta. De una parte, digamos, un eros dionisíaco, solar, versos celebratorios y paganos:
Tu nombre digo y beso tu blancura.
Tu nombre escribo y toco, hebra por hebra,
el cisne negro del pubis.
El amor, el cuadro de su sombra,
es el músico cierre de una mano extendida a otra mano.
(p. 175)
De otra, desaliento, escisión de sí mismo y de un entorno opresivo, lírica de la cavilación y de la incertidumbre: Sobre las sensaciones de vacío bajo los pies.
Sobre los pasadizos inclinados que el miedo y la duda edifican.
Sobre la tierra de nadie de la Historia: estamos
solos,
sin mundo,
desnudo al rojo vivo el barro que nos cubre, estrecho
en sus dos lados el aire que nos queda todavía.
(p. 112)
Y traspasado todo el libro por sus olas, está el mar que, dado su “movimiento perpetuo” (como diría Monterroso), implica siempre errancia, fuga hacia otra realidad, más plena o, incluso, más azarosa y que, como tal, puede conllevar el extravío físico o metafísico. Como bien indica Pailler, la imagen del mar “es referencia constante en todos los poemarios” de Sosa y, como sugiere acertadamente, prefigura la totalidad. Allí se alude a la omnipresencia del mar, a su potencial expansivo frente al poeta que porfía por cambiar el orden terrestre. El mar, obviamente, supone la transfusión del flujo vital y, por ende, representa el desemboque final de ese fluir.
Además, se contrapone a la inmutabilidad de la tierra firme, sede de las ciudades, adversas a sus moradores. Así, el mar al igual que el campo (“la dignidad pacífica de las cosas del campo” –p. 164) –territorios autárquicos- serán por excelencia los espacios que susciten el encuentro y la revelación.
Si se confrontan los poemas de nítido perfil urbano como “Cruz del alba”, “Tegucigalpa”, “Una gaviota”, “los retornos”, “Los peldaños que faltan”, “Descripción de una ciudad en peligro”, con los poemas “acuáticos” (por llamarlos de alguna manera), como “Tempestad”, “La orilla”, “Naufragio”, “Adiós marino”, “El mar en el aire”, “Digo mar”, “Sobre el agua”, “El silencio de las sirenas”, se ve que en los primeros las actitudes y pulsiones humanas están marcados por la angustia, la claustrofobia[1] y la vaciedad existencial, mientras que en los poemas de “extramuros” se experimentan vivencias libérrimas, arcádicas: el refrescamiento de los sentidos.
En esta materia tampoco cabe ignorar a ese reparto de personajes estigmatizados por sus oficios, aledaño a la concepción de la sociedad como una puesta en escena o, mejor, una ópera bufa, que puebla varios poemas de Sosa: los abogados (“temibles”), los jueces (“sombríos”), los generales (“asesinos”), los guardaespaldas (“de la muerte”), los asesinos –propiamente dichos- (“alquilados”). Se trata de figuras alegóricas que, revestidas de un siniestro aire nocturno, remiten claramente a la inquisición y la condena, al peligro y la amenaza.
Y es que frente a la vida urbana (“me eriza esta ciudad en blanco y negro” –p. 23), allí en donde “siempre se es triste sin saberlo” y “nadie conoce el mar/ ni la amistad del ángel” (p. 34), el poeta prefiere alejarse “hacia donde se astillan crepúsculo y velero” (p. 72), caminar “hacia ese puente sobre la mar tendido” (p. 85) o, si acaso, llamar “desde un lugar hermoso parecido al mar” (p. 100).
Si la urbe resulta ser el foco de la desolación y/o la disolución (“resido en un lugar sin compasión alguna” –p. 23), y “la ruina acumulada de las ciudades” (p. 63) traza un círculo vicioso de desazón y desarraigo, el poeta, por su lado, no cesa de desplegar una panoplia costera y náutica, pues “el mar es mi hermano mayor” (p. 147), y por ello es que:
Mar afuera
de regreso al desierto nosotros los viejos lobos marinos
(odiados al desnudo o amados sin ocaso)
de palabra en palabra
llegamos hasta los pies de la gente del pueblo,
y ahí,
pobre como un lucero a ras de suelo
pudimos ver la casa donde habita la poesía.
(p. 204)
En suma, Sosa para siempre deviene en lectura imprescindible, pues alberga una selección de lo mejor de este gran poeta cuya maestría verbal está cimentada en un territorio del todo personal. Y, ya se sabe, sólo logra una tonalidad perdurable quien dispone de un orbe inventivo, de una cosmogonía en la que la memoria y los espectros[2] del poeta trafican con vocablos, correspondencias y obsesiones. Además, con Roberto Sosa se está ante una voz despojada y austera, hecha con un lenguaje depurado (“buscando/ el espacio más limpio de la página en blanco” –p. 193), o bien hiriente e implacable como un cuchillo (“sacando versos como caballo viejo” –p. 199). En todo caso, digámoslo una vez más, “las mejores palabras, en el mejor orden posible”.
Quito, 28 de abril del 2008
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Notas
Los libros mencionados son:
Sosa para siempre, Editorial Atlántida, Tegucigalpa, 2007.
Poesía total (1959-2004), Presses Universitaires du Mirail, Université de Toulouse, Francia, 2006.
[1] En ese sentido, el título de su libro publicado en 1966 es sumamente expresivo: Muros.
[2] La imaginación poética de Sosa le conduce, a veces, a desfiladeros de impronta irracional, onírica o, según afirma (con acierto) Pailler, “imágenes de evidente hechura surrealista”, como “llevar en hombros el féretro de una estrella” o “entran y salen por espejos de sangre”. El lector atraviesa con una sensación de “delicioso terror” esos “paisajes peligrosos” a los que aludía Andre Breton en sus famosos Manifiestos.
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