martes 5 de enero de 2010

Desvarío

mimalapalabra comienza el presente año con una nueva sección literaria: "El arca" -en honor al libro de cuentos del poeta Oscar Acosta, publicado en 1956 en Lima, Perú-, en la cual aparecerán textos narrativos de nuestra literatura nacional. Al igual que "Torre trunca", sección de poemas hondureños, "El arca" pretende difundir la literatura hondureña debido a su desconocimiento en el extranjero.

Desvarío

Arturo Martínez Galindo

(1900-1940)

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La tarde es un poema de serenidad. Limpio el cielo azul. Clara la atmósfera de cristal. Bajo aquella limpidez y aquesta claridad, como una moza sensual recién poseída se adormece la ciudad.

En el parque alardean las arenas de los senderos y parecen empiñatados los rosales. La mirada se me va, tal un rapaz curioso, hacia la luz, hacia el tinte de las corolas, hacia el brinco del surtidor, y se aferra también a los pies incansables de la chiquillada que viene y va.

Un desfallecimiento placentero me ha hecho abandonarme en este banco rústico, bajo la sombra pía del empenachado macizo de bambúes. Mientras mis ojos ruedan por la gaitería que envuelve este jardín, mi alma se ha olvidado de sí misma y descansa, porque no hay mayor fatiga que la producida por llevar a cuestas el pesado fardo de uno mismo.

Por la carrera de los naranjos un hombre se acerca a mí; se detiene, echa un vistazo distraído en derredor, con la intención de no reparar en mi presencia; pero en seguida se decide a buscar descanso a mi lado; al acomodarse en el banco me saludó fríamente con un breve:

-¡Excúsame!

-¡Está bien! – le respondo.

Él insiste en olvidarme y yo hago otro tanto.

Una nenita toda rosada –cinco años blondos y rotundos- pasa corriendo frente a nosotros, tras de su aro multicolor y…he aquí que la hemos visto caer. Corremos a auxiliarla, pero él es más presto que yo: la toma en brazos, la acaricia y súbitamente hunde su cara en el regazo infante, estrechándola fuertemente, locamente, como sólo es permitido hacer con las doncellas púberes. Todo esto ocurre en un instante y no he podido intervenir, mas como la niña empezara a llorar y a debatirse, yo le grito:

-¡Que le hace daño! ¿Está usted loco?

El hombre abandonó en el suelo su presa; la nena recogió presurosa su aro y huyó amedrentada.

Aquel arrebato de pasión en carne que no debe desearse, en carne prohibida y tierna, me indignó y casi sin darme cuenta de ello, me encaré al desconocido:

-¿Qué ha pretendido usted?

Al principio no pareció reparar en mi voz; sus facciones revelaban un gran tormento, una pena muy honda, y clavaba sus ojos en los míos como si no me comprendiera. Después hizo un gesto indicándome que debíamos sentarnos. Le obedecí maquinalmente. Luego me dijo:

-¡He estado a punto de encontrarla…!

Hablaba en alta voz y con singular vehemencia. Yo, que iba adquiriendo la certidumbre de estar entendiéndose con un loco, empecé a inquietarme y guardé silencio, pero él cortó mi pensamiento para explicarme:

-No se equivoca usted si cree que yo estoy loco. Desde que la perdí mi razón se ha declarado en bancarrota y… ¡quién si sabe si nunca tuve yo razón!

Me atisbaba con la fiebre de sus ojos negros y se retorcía las manos, como si doliera desprenderse de su secreto.

-La conocí en un baile- prosiguió-; en uno de esos salones de la barriada pobre que atemorizan a la gente burguesa; en una de esas zarabandas plebeyas donde las mujeres y los hombres se llenan de alcohol hasta la borrachera. El ambiente estaba opalescente por la humareda de los tabacos, y a fuerza de calor y de humo apenas se podía respirar. A poco de entrar se percibía un olor a hembra en celo y a macho cabrío, y hasta las palabras olían a satyrion. Pero ella…

Recalcaba con tal fruición siempre que decía “ella”, que me daba la sensación de estar pronunciándolo con todas sus letras mayúsculas.

-… parecía un rayito de sol, una blanca promesa; esperaba sin duda al príncipe encantador o la chinela de cristal; tenía quince años, tersa la piel, rico el color en las mejillas ricas, flava la melena y la boca de miel y la mirada de fulgor. La llamaban por un extraño nombre, un nombre magno según la clásica heroína, la llamaban Miranda. Insólito sucedido eso de encontrar un tal nombre bautizando a una hija del arrabal, pero es el caso que le venía espléndidamente tal denominación. Antojóseme que ella había sido una bebé de esas que en las noches frías de los cuentos –una noche de San Silvestre quizá- se encuentran abandonadas en los portalones, finalmente envuelto su abandono en linos fragantes, un colgante de oro en el pecho, y en el colgante un nombre. ¡Naturalmente! “Esta es la verdadera historia de la niña”, pensé. Tal vez en ella granó un amor prohibido, y su abandono evitó una tragedia.

Y la amé. La amé por su extraño nombre y por su extraña impubertad. Y al notar que sus senos no habían tenido tiempo de alzarse, y parecían temerosos de punzarle el corpiño, la amé. Era una cosita nueva. Capullo reventón, un fruto tierno y dulce, el más tierno y más dulce porque todavía no era más que flor; amé en ella cuanto de promesa encerraba; amé lo que ella podría llegar a ser, lo que podría tener yo en mis brazos cuando ella llegara a la edad ensangrentada del milagro…

Yo estaba asombrado y espantado ante aquella manera febril de relatar, ante aquella suma de exaltaciones; y no atinaba a comprender el entronque que tendría un tal cuento con la escena morbosa que yo había presenciado. El hombre no dejaba de hablar un instante y se le congestionaban las venas del cuello como a los oradores populares; por momentos adoptaba gestos teatrales y ridículos; vestía como cualquier hijo de vecino, y llevaba un esplendido diamante solitario en el dedo anular de la mano izquierda y una cadenilla de oro en el puño derecho.

-Nadie parecía reparar en ella –continuó-. Yo la invité a bailar. Una marquesita de los dorados tiempos de la chacone la habría envidiado por lo frágil de al contextura y por la nobleza de la línea. Al bailar, ella se recostaba sobre mi pecho como para llorar un gran dolor. “Echa de menos –me dije-, el buen siglo cortesano, cuando para danzar apenas érase permitido a los varones rozar, con enguantada mano, las manos de las damas”. A pesar de todo lo delicado y fino que ella encerraba, hilvané un hilván morboso y sensual alrededor de su carne agraz. Quise vaciar mi alma enferma de su vida y enseñarla a rimar crueles aberraciones en las páginas rojas de la sexualidad; gozarla equívocamente hasta anonadar la prohibición; morderla como a un fruto; encenderla como un hachón crepitante; hundirla en todas las simas hirvientes del gran pecado…

Indudablemente que yo estaba asistiendo a una crisis psicopática, en la que actuaba un prurito nefando. Aquel hombre era uno de los casos de la Medicina Legal. Yo ya empezaba a impacientarme, pero decidí continuar escuchándolo:

-¿Y bien?- le dije.

El reanudó su desvarío:

Esa noche ella me amó también; me amó como nadie lo había hecho antes; en fiebre y en violencia me dio todo lo que yo le he pedido al amor; y hacia la media noche, en un cuartucho que pretendía de reservado, ebrios de raras embriagueces, teniéndola en mis brazos toda menuda e insexuada, nos enloquecimos bajo una onda de sensaciones crueles, candentes y contradictorias, que recorrían desde la perversión hasta el incesto: a ratos un efebo y a ratos hija mía. Nos despedimos a la madrugada, convencido yo, y ella también al parecer, de que habíamos atado nuestras vidas con u dogal sagrado y perdurable. Ofreció esperarme al día siguiente en su casa, a donde yo iría a buscarla para no separarnos jamás…

Se le quebró la voz, se le nublaron los ojos y se puso a llorar como un chiquillo. Tres veces intentó proseguir, pero su garganta anudada sólo le permitió emitir los hipos de la angustia. Esto me impresionó y quise consolarlo, pero mis palabras se deslizaron sobre su dolor, sin calmarlo; sollozaba con la frente hundida en las dos manos, cuyos dedos crispados le despeinaban los cabellos negros. Al fin pudo continuar:

-No la he vuelto a ver…no la he vuelto a ver… ¡la he perdido! Al día siguiente seguí las señas que ella me diera, pero nadie la conocía, ¡nadie! Se alejó de mi vida, por amor o terror, yo no lo sé. Saltó ligeramente desde el trampolín de un engaño y la cubrió la sombra impenetrable, la devoró el misterio. ¿Dónde estará? ¿Dónde estará? Y lo más desgarrador y fulminante de mi caso es que la he perdido también dentro de mí: ¡he olvidado cómo era ella! Hace tres noches me di cuenta de la horrible verdad. Quise evocar sus ojos, quise evocar su frente, su nariz, la línea de su cabeza, y… ¡no pude! Sólo reconstruí su boca, sus labios acogedores, sus labios tibios… En tres días ella se ha borrado de mí y no es más que una boca, unos labios que besan en el vacío…

De pronto deja de dirigirse a mí, y se dirige a ella, a su Miranda, a la mujer que ha perdido:

-Pero Tú estás en mí –dice casi gritando-; te siento, me haces rebosar. Es preciso creer que existe el alma, porque si no hubiera algo más dentro de los ojos, más dentro de las venas, más dentro del cráneo, más allá de todas esas cosas que atrapan los sentidos, al olvidar tu imagen te habría olvidado. Mas tú persistes y triunfas dentro de mi ser como un germen vibrante; Tú eres Tú, vencedora de ti misma, sobreviviendo al hundimiento de tu propia imagen… Mi corazón marca un ritmo triunfal: amo a una mujer, lo grita mi sangre, lo grita mi cabeza, lo gritan todas mis fibras temblorosas, estoy empapado de esa mujer, saturado de ella estoy. Pero… ¿cómo es ella? ¿Cómo es su voz, y sus ojos y su frente? ¿Cómo sus líneas y sus ángulos? Un día –es todo lo que puedo recordar, ella vivió en mis sentidos; mis sentidos dieron razón de ella un día; por mis ojos entró a mí, por mis palpaciones, por mi lengua, y, como una fragancia, aturdió mis alfaciones anhelantes. Hoy mis ojos no la recuerdan, tampoco la saben mis manos, tampoco puedo aspirarla ni oírla…Sin embargo, libre de mis sentidos, yo me rebelo y la proclamo e insisto en gritar definitivamente: ¡“Ella está en mí! ¡Ella persiste!” Pero una curiosidad dolorosa no me da tregua y desgarra con fiero gancho mi quietud: ¿cómo es ella? ¿Cómo es ella? ¡Ah! Esta tarde he estado a punto de encontrarla al abrazar la nena que cayó…

Yo comprendí entonces y él lo adivinó porque me dijo:

-Usted lo sabe, usted fue testigo de ello…Cerré los ojos y aspiré y apreté fuertemente aquella carne tierna que olía a ella. Por un minuto mis ansias creyeron que se descorrería el velo, y mientras esperaba el milagro, apretaba cada vez más fuerte los párpados y mis manos apretaban cada vez más fuerte…

Calló un instante. Su respiración era fatigada como la de aquel que ha corrido mucho, mas su locura no le dio reposo y reanudó casi al momento:

-A veces pienso, como los enfermos que evocan desde sus lechos los días de salud y de sol, que hace apenas un mes yo era un ser normal; comía, vestía, frecuentaba los espectáculos, trabajaba como todos los demás. Ahora todo se reduce a buscarla: inquiero fuera de mí; la comparo con las otras mujeres: de ésta tiene la palidez, de aquélla los ojos, de esotra el andar, y así preparo todos los materiales, pero cuando quiero armonizarlos, mi construcción se derrumba, no doy con ella…

Ya sus palabras no tenían la vibración vehemente de al principio, sino una entonación desmayada; me hacía pensar que se le estaban cayendo las frases de los labios, como caen de los árboles las hojas secas.

-Y el sentirla a cada instante, y el pensarla, y el soñarla, me hacen estar cruelmente seguro de que ella dentro de mí. Creo a ratos que quizá por amarla se me fue muy dentro, muy dentro, más allá de todas las cosas, más allá de todo lo que me ha dado la vida, de todo lo que me han contado los libros; quisiera entonces vaciarme, convencido de que en el fondo de mí mismo la encontraría como una joya rutilante. Otras veces creo que se ha difundido en todo mi ser, y que cada partícula guarda algo de ella: entonces cierro los ojos y me acaricio suavemente con una mano la otra mano, y cuando la ilusión quiere cobrar contornos, de pronto no sé si la mano que acaricia o la mano acariciada es la de ella y…

Las sombras habían caído sobre el jardín. Ya no había niños y la negrura creciente nos daba la idea de que nos estaba envolviendo, algo que no sabíamos lo que era, algo que podía ser el alma de la noche. Una silueta de mujer, de mujer joven pasó frente a nosotros, y mi extraño acompañante se echó a correr tras de su sombra. En su carrera, olvidó sobre el banco su sombrero y su bastón. Una intensa compasión me hizo tomar aquellas prendas y correr tras el alucinado. Corrí y corrí, pero el hombre fue más veloz que yo y le perdí de vista en un recodo. Por el mismo camino vi venir a un gendarme.

¡-Detenga a ese hombre – le grité-, deténgalo, que está loco!

-¿Cuál hombre?- me repuso el gendarme con desconfianza.

-Ese que va corriendo…va descubierto…ha olvidado su sombrero y su caña…

Al decir esto le muestro las prendas y me doy cuenta de que tengo en mis manos mi propio sombrero y mi propio bastón. Un estremecimiento de horror recorre mi cuerpo al notar que en mi mano izquierda mi solitario destella, mi viejo solitario, y que, en mi muñeca, una cadenilla de oro me aprieta como para hacerme recordar…Y recuerdo, y torno a temblar por mi pobre razón, y torno a pensar que quién sabe si nunca tuve yo razón…

(1926)

Para leer la biografía -por Oscar Acosta- y otro relato del autor, descargue en el siguiente link: "Sombra"

La ilustración es de Balthus.

lunes 4 de enero de 2010

La maldición de Babel



"Babel revisited", de Julee Holcombe. Fuente: mocoloco.com
Malas noticias para el tomesiano. Según esta nota de publico.es, lo más probable es que no logre consolidarse como alternativa a nuestra aspiración de convertirla en lengua universal. La razón: "Es imposible convencer a una comunidad para que adopte un idioma que no le apetece hablar".
El filósofo George Steiner considera que Babel fue "la catástrofe primaria" que provocó "una sordera mutua" entre los habitantes de este mundo: una auténtica maldición que sigue pesando sobre la humanidad. Desde que la multiplicación de los idiomas consiguió dinamitar la construcción de la torre, el deseo de inventar una lengua única y común, entendida y hablada por todos, ha sido permanente. A lo largo de los siglos, mentes iluminadas han invertido horas en esa quimera imposible: inventar un nuevo idioma. La mayoría de estos creadores de códigos, decididamente ilusos, quisieron contribuir a que el mundo fuera un lugar un poco mejor gracias a ese extraño invento llamado lengua. Todos esos lunáticos inventores fracasaron. "Cuando muere un idioma, fallece con él un enfoque de la vida, de la realidad y de la conciencia", dejó dicho el mismo Steiner al ganar el Príncipe de Asturias de 2001.

Una lingüista estadounidense, Arika Okrent, lleva años investigando sobre los más de 900 idiomas inventados a lo largo de los últimos nueve siglos. Okrent acaba de publicar en su país un apasionante ensayo titulado In the Land of Invented Languages donde analiza estos códigos desconocidos y determina por qué ninguno de ellos logró imponerse. "La razón es muy sencilla: nunca hablaremos lenguas perfectas porque nosotros tampoco lo somos", sintetiza Okrent. "La evolución humana es imperfecta y la lengua no es un instrumento ajeno a la propia evolución. Igual que no podemos respirar bajo el agua o correr a la velocidad de un guepardo, tampoco podemos hablar una lengua ajena a nuestras imperfecciones", analiza. En otras palabras, tenemos la lengua que nos merecemos.

En la universidad, Okrent descubrió un oscuro rincón poco frecuentado de la biblioteca: una estantería donde reposaban libros llenos de polvo sobre estos misteriosos idiomas inventados. Allí encontró el célebre esperanto, pero también el misterioso loglan, y otras lenguas creadas para libros y películas. Por ejemplo, las élficas con las que J.R.R. Tolkien ilustró sus libros; o el klingon, idioma hablado por la raza de humanoides del mismo nombre en la interminable saga Star Trek.

Okrent ha invertido diez años en concluir su investigación: la mayoría de idiomas inventados se hundieron por sí mismos, al no calar en hablantes dispuestos a aprenderlos. "La lengua no es una simple herramienta, sino que forma parte de la conducta humana. Es un instrumento de socialización. No es una lavadora o un instrumento que se pueda manipular de forma técnica", cuenta Okrent. "Es como si regaras una planta de plástico. ¿Crees que crecerá por mucha agua que viertas sobre ella?".

¿Por qué fracasó el esperanto, que en su momento parecía destinado a cambiar el mundo? "Es imposible convencer a una comunidad para que adopte un idioma que no le apetece hablar. Y todavía menos cuando se utiliza la propaganda política para convencerles", analiza Okrent, que habla esperanto con fluidez, así como húngaro supuestamente, una de las lenguas más difíciles de aprender de todo el mundo, junto al vasco y el finés y otra media docena de idiomas.

La nota pone ejemplos de estas lenguas inventadas, algunas de ellas con el objetivo de universalizar el entendimiento entre los seres humanos, y otras tan sólo como herramientas o como juegos literarios. El caso de Tolkien es bastante conocido:
En otra división juegan las lenguas creadas para libros y películas, que en algunos casos han logrado trascender los límites de la obra para la que fueron ideadas y alcanzar una notoriedad sin precedentes. El klingon es la más conocida de todas ellas. Inventada de forma inconsciente por un actor secundario de la serie televisiva que dio origen a la franquicia galáctica, logró un éxito inesperado. "Lo más curioso es que la única lengua inventada que ha conseguido tener cierto éxito no tiene ningún objetivo práctico", opina Okrent, que decidió sacarse el certificado de hablante mientras investigaba para su libro. Como recompensa por aprobar el examen, fue galardonada con una de las insignias plateadas que lucen los tripulantes de la nave Enterprise.

Considera que el klingon es "prácticamente imposible de aprender". Contiene los elementos irracionales que caracterizan a las lenguas naturales, pero esta vez elevados a la máxima potencia. Desde su creación a mediados de los sesenta, el klingon se ha convertido en la lengua oficial del poderoso imperio geek, ese submundo marginal y relacionado con la tecnología que tanto dinero mueve en el sector del ocio. Hoy incluso se han traducido obras de Shakespeare a este idioma de ficción. A principios de este año, Google decidió poner en marcha una versión en klingon y el idioma acaba de ser parodiado en un episodio de Los Simpson, reconocimiento oficial de su estatus de culto.

J.R.R. Tolkien también fue un apasionado de estas lenguas inventadas e incluso decidió dejar su grano de arena para la posteridad. Fascinado por la sonoridad del galés, el escritor se inventó una lengua llamada sindarin, que daría origen a todo su imaginario élfico junto al qenya, otra de las lenguas del mundo de Arda, libremente inspirada en el finés, que intrigaba a Tolkien por su carácter indescifrable.

En la misma categoría se encuentran el liliputiense de Jonathan Swift, la neolengua que creó George Orwell para 1984, el argot callejero que Anthony Burgess introdujo en La naranja mecánica o el más reciente navi, cuya creación James Cameron encargó a un lingüista para su película Avatar. Pero pocos tienen la constancia de un experimento tan peculiar como el láadan. Fue creado a mediados de los ochenta por la escritora estadounidense Suzette Haden Elgin, que prentedía inventar una lengua que fuera fiel al universo femenino de sus personajes. Igual que los esquimales tienen varias palabras para designar la nieve, Elgin se inventó diez términos para el embarazo o la menopausia.

Desde que publicó su libro, Okrent no ha dejado de recibir cartas de creadores de lenguas que le piden un hueco en su inventario. Por ejemplo, un anciano lector canadiense, que durante los cincuenta se inventó una lengua llamada nordlinn junto con su mejor amigo para poder hablar de chicas sin que sus progenitores se enteraran del tema. "¿Quién dijo que las lenguas artificiales eran inútiles?", concluye Okrent.

domingo 3 de enero de 2010

Medio siglo sin Camus



Albert Camus.
Como ya se le ocurriera a alguien hacerlo con Borges, ahora Nicolas Sarkozy quiere trasladar los restos mortales de Albert Camus del sitio en donde se encuentran desde 1957 al Panteón, donde yacen personalidades como Voltaire, Marie Curie o Victor Hugo. ¿Y todo por qué? Porque se están cumpliendo los 50 años de su muerte y en situaciones como ésta todo el mundo se alborota un poco. Encuentro este perfil del escritor en Yahoo noticias:
Los años 60 del siglo pasado se iniciaban con la pérdida del "existencialista de lo absurdo", un hombre marcado por el pesimismo de quien vio de cerca dos guerras mundiales y la alienación de la Guerra Fría. El autor de "Calígula" fue un escritor que reflexionó sobre la indiferencia del ser humano respecto al mundo que le rodea.

"Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé". Con esas tres indolentes frases arranca El extranjero, que ha quedado en la historia de la literatura como su novela más célebre y en la que se indaga sobre las consecuencias morales del asesinato y la indiferencia ante el fenómeno de la muerte. Influenciado por la filosofía decimonónica de Sören Kierkegaard y de Friedrich Nietzsche, denominador común de los existencialistas, Camus afirmaba que la existencia es insignificante en sí misma y prefería considerarse un "absurdista". Entendía que la verdad y la moral son propias de cada individuo y que no se ajustan a modelos universales y absolutos.

Pero además de a la historia de la Filosofía, el nombre de Albert Camus está también estrechamente ligado a la historia de Francia. Y ello se debe no sólo a que su pluma conmovió al mundo con obras como La peste o El mito de Sísifo o porque mantuvo una sonada polémica intelectual con el filósofo galo Jean-Paul Sartre, sino también porque su trayectoria recorre el pasado reciente de su país. Esta ilación comienza en su Argelia natal, un territorio al que había emigrado su familia de colonos franceses y que marcó profundamente su vida y el conjunto de su obra. Sobre ello se centran varias biografías editadas con motivo de su cincuentenario -como Camus, une passion algérienne, de Stéphane Babey-, que recogen el desencanto del autor con motivo de la guerra de independencia de ese país (1954-1962), barbarie que le desgarró.

"He amado esta tierra con pasión, de ella he extraído todo lo que soy y nunca he apartado de mi amistad a ninguno de los hombres que allí viven, sin importar su raza", redactó Camus sobre el conflicto. Tras la muerte de su padre en la Primera Guerra Mundial, Camus fue educado por una madre analfabeta de origen español, Catalina Sintes, en un hogar mísero, que no fue un obstáculo para que estudiara filosofía. Después de militar en el Partido Comunista y de colaborar en varias revistas, a los 27 años se trasladó a París. Allí trabajó como periodista para el diario "Paris-Soir" y como lector de textos en la editorial Gallimard. Allí conoció, además, a la que fue su pareja más célebre, la actriz española exiliada en Francia María Casares, hija de un presidente del Gobierno de la Segunda República Española. Cercano entonces al movimiento anarquista, fue en París donde su pluma lacónica y su verbo asequible le convirtieron en el afamado autor que recibió el Nobel de Literatura.

Fue también en París donde conoció a Sartre, con el que, tras diez años de amistad, se enzarzó en una disputa teóricamente filosófica, aunque profundamente política. Si bien ambos eran pensadores comprometidos con la izquierda, Sastre defendía la violencia inherente a la revolución social, mientras que Camus entendía que el fin no justifica los medios, como analizaría en su obra La Caída. "Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría", resumía Camus, un filósofo que pensaba que "la tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios sino sobre las faltas de los demócratas". Estas reflexiones llenarán los libros editados para conmemorar las cinco décadas de su muerte, como Albert Camus, solitaire, solidaire, publicado por su hija, Catherine, Dictionaire Albert Camus, concebido por Jeanyves Guérin, o la adaptación al cómic de L'hôte (El anfitrión), de la mano del dibujante Jacques Ferrandez.

Novedades editoriales del 2010



El escritor inglés Julian Barnes vuelve a la carga. Fuente: www.hcs.harvard.edu
Nos vamos poniendo al día con los nuevos libros de este año nuevo, que empezarán a llegar a las librerías próximamente, y así hacemos nuestra lista particular de lo que decidimos leer:
En narrativa destacan Nada que temer (Anagrama), de Julian Barnes, una reflexión memorialística con su habitual humor negro sobre su familia y los escritores que frecuenta; y la nueva novela de Philip Roth, La humillación (Mondadori). También encontraremos Vértigo (Anagrama), que, después de Los emigrados y Los anillos de Saturno, culmina la recuperación de los tres primeros títulos de W. G. Sebald. Mondadori publica también Snuff, de Chuck Palahniuk, autor de El club de la lucha, la novela que originó la película del mismo nombre (aunque en Latinoamérica es más conocida como El club de la pelea). La ficción latinoamericana estará representada por el malogrado Roberto Bolaño, de quien Anagrama publica El Tercer Reich, novela íntegra e inédita, escrita hacia 1989, en la que despliega sus grandes temas. Los amantes de la novela policíaca podrán disfrutar con Los cuadernos secretos de Agatha Christie (Suma), sus 73 cuadernos de notas recientemente descubiertos, que incluyen ilustraciones, extractos eliminados y dos novelas inéditas de Poirot.

Para los lectores de poesía, están los poemas últimos de Wallace Stevens (Lumen); también un libro de Gil de Biedma (Círculo) que reúne por primera vez las ediciones de su poesía en Las personas del verbo, sus ensayos recopilados en El pie de la letra y su Diario del artista en 1956. Coincidiendo con el 70 aniversario de la muerte de Miguel Hernández aparecerá una biografía del poeta a cargo de Eutimio Martín (Aguilar), y la Poesía completa (Alianza) ampliada con poemas inéditos o dispersos en distintas publicaciones.

En el ámbito de las memorias aparecerán la primera parte de los diarios de Susan Sontag (Mondadori) y la autobiografía de Robert Graves (RBA). También se publicarán las biografías de Azaña (Península), de Giordano Bruno (Ariel); la primera gran biografía de Clint Eastwood (Lumen), o una sobre Fernando Fernán Gómez (Cátedra).

Para leer completa la información, váyase por aquí.

sábado 2 de enero de 2010

Resolución de la American Anthropological Association contra el Golpe de Estado en Honduras

Propuesta de Resolución de la AAA en Apoyo a los Hondureños en Resistencia contra la Dictadura Militar
Traducción hecha por María Soledad Cervantes Ramírez
CONSIDERANDO que el 28 de junio de 2009 el presidente democráticamente electo de Honduras, Manuel Zelaya, fue derrocado y exiliado por medio de un golpe de estado militar en un operativo dirigido por un general del ejército capacitado por la llamada Escuela de las Américas (SOA/WHINSEC);
CONSIDERANDO que desde la fecha antes mencionada un movimiento de resistencia compuesto por cientos de miles de ciudadanos hondureños ha protestado diaria y públicamente contra la usurpación de la democracia hondureña; y CONSIDERANDO que cada uno de los informes rendidos por Amnistía Internacional y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y de los organismos hondureños de Derechos Humanos CIPRODEH y COFADEH detallan numerosos asesinatos políticos extrajudiciales, cientos de ciudadanos no armados heridos por la policía y el ejército y miles de detenciones arbitrarias; y CONSIDERANDO que la represión violenta ejercida por el estado se ha dirigido particularmente contra grupos de población marginados como son indígenas, garifunas, mujeres, transgénero, maestros de escuelas públicas y otros trabajadores, y los pobres, que en conjunto componen la enorme mayoría del pueblo hondureño; y
CONSIDERANDO que la antropología tiene una relación prolongada e histórica con los derechos humanos y las experiencias vividas por dichos grupos humanos, y la obligación de dar testimonio de los mismos; y
CONSIDERANDO que se ha restringido gravemente la libertad de expresión a través del asesinato de periodistas, el sabotaje y clausura de medios de comunicación, la revocación de los derechos constitucionales de libertad de expresión, de asamblea y de prensa; y
CONSIDERANDO que el régimen impuesto por los elementos golpistas ha amenazado y atacado físicamente a universitarios, a miembros de facultades, incluyendo la rectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, a investigadores y a instituciones independientes, entre ellos el Instituto Hondureño de Antropología e Historia; y
CONSIDERANDO que las elecciones vigiladas por las mismas fuerzas armadas que han cometido un gran número de las atrocidades antes mencionadas no constituyen recurso suficiente para resolver el daño vastísimo infligido a la democracia y la infraestructura hondureñas; y
CONSIDERANDO que el gobierno de los Estados Unidos de América se ha negado a reconocer oficialmente los actos del 28 de junio de 2009 como un golpe militar, y no ha reconocido ni condenado las violaciones de derechos humanos cometidas por el gobierno de facto; y
CONSIDERANDO que la violencia permanente patrocinada por el estado (hondureño) desestabiliza la región entera; y
CONSIDERANDO, en consecuencia, que la desestabilización y la hostilidad oficial hacia los esfuerzos o misiones intelectuales de cualquier tipo y especialmente los que atañen a grupos humanos marginados, vuelven más difícil y peligroso para los antropólogos realizar sus investigaciones en Honduras;
Sea, pues, resuelto que la Asociación Estadounidense de Antropólogos (American Anthropologists Association, AAA) apoya a los hondureños que se han resistido y continúan resistiéndose contra el golpe militar del 28 de junio de 2009 así como a la represión y explotación económicas llevadas a cabo por el régimen de facto; condena el papel desempeñado por las fuerzas armadas hondureñas tanto en el mismo golpe de estado como en sus secuelas y el financiamiento, entrenamiento y capacitación impartidos por los E.U.A. a tales fuerzas armadas; apoya la convocatoria hondureña a eliminar dichas fuerzas armadas hondureños; e insta con urgencia al Presidente Barack Obama y a los miembros del Congreso de los Estados Unidos de América a:
Reconocer y condenar las violaciones de derechos humanos que el gobierno de facto ha cometido en Honduras desde que se llevó a cabo el golpe de estado del 28 de junio de 2009; y
Dar apoyo y sostener a las fuerzas progresistas que en Honduras están esforzándose por crear una democracia auténtica y son merecedoras del apoyo y sostén que no han recibido de la comunidad internacional; y
Colaborar con países aliados para encontrar y llevar a la práctica una solución pacífica y diplomática a la crisis continua en Honduras.
Unirse a la mayoría de las naciones Latinoamericanas en la negación del reconocimiento y/o en el desconocimiento de los individuos que resultaron seleccionados en las elecciones celebradas el 29 de noviembre de 2009, en vista de que el régimen de facto fue omiso en restaurar la democracia en Honduras antes de la fecha antes mencionada, lo cual provocó condiciones que impidieron unas elecciones libres y justas.
Link: inglés Enlace: español

miércoles 30 de diciembre de 2009

Todo Onetti



JCOnetti.
Muy pocas veces ocurre que, después de leer uno o dos libros de un escritor que nos ha maravillado, nos queda la sensación de que cualquier otro libro suyo será igualmente bueno. A mí me ha ocurrido con J.M. Coetzee, por ejemplo. Siempre que aparece un nuevo libro suyo lo busco con la certeza de que me gustará como me gustaron los anteriores, o quizá más. Y me ocurre también con Onetti. Por eso, ahora que encuentro este artículo de Ignacio Echevarría en elcultural.es no dudo en subirlo al blog, porque sé que muchos pensarán lo mismo: a Onetti hay que leerlo completo.
Si se piensa en los intereses y apetencias de un lector común, son pocos los escritores de los que cabe recomendar la travesía de sus obras completas. Onetti es uno de ellos.

No es una simple cuestión de calidad, o no solamente. Hay escritores muy valiosos de los que la sola idea de tener que leerlos enteramente resulta abrumadora. No es el caso de Onetti, cuya obra, lenta y relativamente escasa, cabe toda, muy holgadamente, en tres volúmenes, ni siquiera demasiado gruesos. El recorrido íntegro de esos tres volúmenes alcanza enseguida una altura sorprendente, y apenas ofrece altibajos. La obra de Onetti es como un altiplano: una vez acostumbrado a esa altura, hecha su respiración a su atmósfera, el lector transita por ella sin esfuerzo. Lo que tiene por delante no es tanto una ruta como un paisaje, y éste se le hace pronto familiar, como pronto lo serán, asimismo, sus habitantes.

Se ha destacado abundantemente la sorprendente madurez con que Onetti irrumpe en su propio mundo, en su propio estilo. En este sentido, cabe referirse a él como un escritor sin prehistoria. Apenas se puede hablar en su obra de una etapa de formación. Después de El pozo (1939), las novelas Tierra de nadie (1941) y Para esta noche (1943) acusan una episódica vacilación del rumbo a seguir, consecuencia de unos años por otro lado repletos de todo tipo de llamamientos para un escritor políticamente concienciado, por mucho que su compromiso con la escritura fuera impostergable. Ya la siguiente novela, sin embargo, La vida breve (1950), funda el territorio que el resto de la obra no hará más que explorar y que poblar.

Y con los cuentos ocurre otro tanto. Baste señalar que una pieza magistral como “Un sueño realizado” (1941) es el quinto cuento que Onetti publica con su firma. Entre sus cuentos y novelas, por otro lado, se despliega un espacio incierto en el que resulta difícil, en muchas ocasiones, decidir a qué modalidad conviene adscribir una pieza u otra.

Labilidad genérica; recurrencia de escenarios, de personajes, de motivos temáticos; continuo estilístico: el territorio narrativo de Onetti no ofrece apenas promontorios desde los cuales jerarquizarlo. Las obras completas de este escritor configuran, así, una perspectiva circular; admiten ser abordadas desde cualquier punto, sin que el itinerario escogido, por aleatorio que sea, desfigure el efecto del conjunto. Con muy buenas razones cabría dudar entre emplear aquí la etiqueta de obras completas o, más ceñidamente, la de obra completa.

En sus aledaños queda, en cualquier caso, la obra periodística, que apenas ocupa una sexta parte de la extensión total de la escritura de Onetti. Una proporción muy pequeña, si se considera que, desde muy temprano, el periodismo fue el medio con el que Onetti se ganó la vida, y es en su marco donde se fraguó su vocación de escribir. Pocos escritores contemporáneos, sin embargo, aparecen menos contaminados por su práctica.

Por mucho que Onetti se sirviera del articulismo como herramienta de intervención y de agitación en el campo cultural, jamás fue tentado por el periodismo entendido como práctica literaria. De hecho su poética como narrador -su escepticismo, su profundidad, su lentitud, su ensoñamiento- se sitúa en el extremo opuesto de toda pretensión de confundir las fronteras entre periodismo y literatura. Aquél nunca actúa, en su caso, como levadura de ésta. Tanto más aleccionador resulta, en consecuencia, el contraste entre estas dos vertientes de su obra. Un contraste que prueba, más concluyentemente que ningún otro argumento, el concepto insobornable que Onetti tiene de la escritura, y su indiferencia hacia todo cuanto implica su instrumentalización.

martes 29 de diciembre de 2009

“De trece solo me quedan dositos”

(Balbina Martínez -BM-, 1965)

La siguiente es una reproducción de una entrevista entre Balbina Martínez, campesina de tradición lenca, y Anne Chapman, autora del libro Los hijos del Copal y la Candela (1992), estudio etnológico sobre los ritos agrarios y tradición oral de los lencas de Honduras.

Pese a que la entrevista está fechada en 1965, en la actualidad no hay muestras que indiquen que los campesinos de tradición lenca vivan en condiciones humanas dignas a pesar del “desarrollo, la paz y la democracia” (tradúzcase a “pobreza extrema”) a la que la población hondureña está condenada.

De trece solo me quedan dositos”

Relatado por Balbina Martínez en entrevista con la autora. (Foto 5)

ACh. Es el 6 de agosto de 1965. Estamos en La Esperanza. Quisiera que me contara del primer hijo que tuvo.

BM. Fue varoncito el primerito. Lo tuvo del hombre (esposo). Nunca tuve familia de otro, viví con uno sólo. Me entregó mi abuelito a los doce años. Lo pasaba muy triste porque a los dos meses de haberme entregado, él puso las manos a golpearme. Por eso ando yo por donde quiera. Por la ignorancia de ellos, los hombres, la sencillez, por eso me resistí (aguanté) a vivir sólo con él, como soy casada. Únicamente quiero vivir con él por los hijos, porque no se mueran mis hijos porque con otra madre se mueren y si se mueren, mejor que tenga yo el gusto de enterrarlos, yo con mis manos.

ACh. ¿Cuántos hijos ha tenido?

BM. He tenido trece de familia. Sólo dositos me quedan y una nietita que tengo, no más. Sí, todos se me han muerto por descuido, por la pobreza, por el hombre (esposo) que no les hacía caso, ni daba remedio, ni esperanzas.

ACh. ¿Cómo fue que murió el primero?

BM. Se murió que nació, porque cargamos un muerto, el hombre y yo. Cargamos un muerto. Sólo faltaban ocho días para nacer y nació muerto el niño. Dicen que es malo cargar un muerto. Yo lo cargué y el hombre también. Sí yo lo cargué porque no había otra persona, no había ni una de la familia quien nos ayuden a cargarlo y eso fue lo que me cayó mal.

ACh. ¿Quién fue el muerto?

BM. Un tío mío, Gustavo Alejos. Allá vivíamos más allá de San Nicolás (una aldea del municipio de Intibucá) y para venir a sepultar a la gente muerta que teníamos que llegar a San Nicolás, fíjese, un día de camino. Ya estaba para nacer el niño y andaba yo cargando el muerto. Sólo ocho días le faltaba al niño para nacer en el mundo. Nació todo negrito.

ACh. ¿Después de que nació se enfermó usted?

BM. Casi me morí, porque se me inflamó el cuerpo. Estuve cuatro días parada, e hincada. Aguanté aquél sufrimiento.

ACh. ¿Pero no había partera?

BM. Sí, había. Me pusieron dos comadronas pero nada fue posible. El segundo se me cayó porque me pegó la fiebre en Río Blanco. Las aguas de Río Blanco son malísimas, peor para una señora que está encinta. Me pegó fiebre, no aguanté más, nació de sólo ocho meses. Andando en el camino se me vino el niño. Nos entramos en una casa vacía y allí estuve como ocho días.

ACh. ¿Su marido estaba con usted?

BM. Sí. Sí allá andaba. Sólo nosotros dositos. El niño aguantó como quince días. También nació negrito y se murió a los quince días porque no tomaba nada de leche, nada, nada.

ACh. Y ¿el tercero, cómo fue?

BM. El tercero se crió. Era mujer, tuvo una hija que me dejó, pero ella se murió porque le hizo mal el hombre que tenía. Se murió de veinte años. Yo crié la hija, mi nieta. Allá está ahora. Yo la mandé a confirmar cuando vino el obispo. Pues de allí el cuarto se murió chiquita, se me la quitó la suegra. El hombre (esposo) me quería dar una gran macaneada (golpe con una macana). Me asusté pues ya de noche agarró un cuchillo para matarme. Entonces corrí con mi hijita y mire la suegra me la quitó del lomo, como estamos acostumbradas siempre de andar llevando las criaturas en el lomo con un trapo (chal). Pues llegó y me la soltó del trapo y se la llevó. Sí, yo tuve miedo. Toda la noche batallé con el hombre y con la suegra para que no me la quitara. La chiquita va de llorar. Lloraba por mamar como estaba de tres meses. Me la agarró la señora (la suegra) y se me murió la chiquita a los cinco meses en poder de la suegra. Dice que se quedó toda delgadita. Como ya no me la quería devolver, mejor me fui. Me fui para abajo, donde mi familia. Vino el hombre a buscarme, desbaratado estaba. Vino donde mis abuelitos a traerme. Por una parte contemplaba a mí, porque a una mujer le pasa eso. Pasa así porque los hombres de aquí de nosotros los intibucanos son muy ignorantes y uno de mujer sufre, porque así es la vida.

ACh. ¿Las mujeres nunca se pueden defender?

BM. ¡Y cómo se defienden las mujeres! No se dejan. Hay mujeres aunque sean casadas se van para otro lugar. Se van porque no les gusta el tanto sufrimiento.

ACh. ¿Volvió con su esposo cuando la fue a buscar donde sus abuelos?

BM. Sí, como no, tuve que obedecerle otra vez a mi abuelito. El me dijo que me fuera otra vez con él, que lo tenía que hacer. Tenía yo que obedecerle a mi abuelito como él estaba como mi padre. Yo quedé de añito (un año) huérfana (de padre) porque mi padre fue ingrato también y dejó a mi mamita. Y a los diez años murió mi mamita. Entonces me desbaraté. Me fui con un tío pero era brava la mujer de mi tío. Mucho me ignoraba (negaba) la comida. Me mandaba hacer mandados: traer leña, traer agua. Todo lo hacía para la mujercita, bien brava ella. Y en la parte del almuerzo aguantaba yo pues no me daba de comer. Entonces me fui a donde mi abuelito porque la mujer de mi abuelito era buena. Y como ordeñaban dos o tres vacas, allá yo comía a gusto.

ACh. ¿En qué lugar vivían?

BM. En Río Blanco. Pero no fue por mucho tiempo porque luego fui con el hombre cuando tenía doce años.

ACh. ¿Por qué se fue tan joven?

BM. Pues mi abuelito no me quería vestir. Ya no me quería ni mantener, como ya estaba viejito y no podía ni trabajar. Ya en eso que llegó la mamá del hombre a pedirme, me dice mi abuelito, “Váyase, váyase, me dice, porque aquí va andar con el bojote (lío) llorando”.

ACh. ¿Era joven también su esposo?

BM. Sí pero tenía ya una mujer maciza. Afuera la tenía, engañada. Y cuando me entregaron a mí me llevó ya para su casa, él echaba chismes a la otra mujer. Mejor no andar alegando cuando (el esposo) tiene mal modo. Cuando se embolaba (emborrachaba) me cinchaceaba (pegaba). Y en bueno también. No podía retirarme. No había otra persona (además del abuelo) que me dé un consejo. Si no me hubiera retirado tal vez. Si hubiera vivido en otra parte quizás hubiera pasado bien.

ACh. ¿Y los demás hijos que vinieron después?

BM. Después murieron, de vómito, de colerín, de colerín con vómito. Uno murió de siete años, uno de cuatro, otro de cinco. El más tiernito, de catorce meses. Era varón también. Murió con un gran dolor en el estomaguito. Vomitaba la leche y obraba pura leche.

ACh. ¿No había medicinas?

BM. Nada. Aquel hombre (el esposo) era un palo. Allí está ahora sufriendo. No puede madrugar para hacer su trabajo. No puede hacer casi nada por la enfermedad. El hielo le cae mal. El agua le cae mal y el sol le cae mal. Pero está trabajando cuando puede, gana dos pesos (lempiras) por día.

ACh. ¿No hay curanderas en San Nicolás?

BM. Habían pero se murieron. Ahora ya no hay nadie que verdaderamente haga un remedio bueno… allí vivimos en la montaña arriba de San Nicolás. Eso sí es muy bueno para el maíz.

ACh. ¿Tienen milpa?

BM. Nada. Nada. Hay unas matas de plátanos sembradas.

ACh. ¿Cuántas?

BM. Ya más cien. El café lo mismo como cien palitos. Más, son más de cien. Yo los sombré. Y ahora el hombre quiere vender para beber el pisto (dinero). No importa el hijo (que tiene doce años). Ni la hija (de veintidós años) menos. Es que la muerte lo tiene (como) loco por eso es que quiere vender, y barato, fíjese en veinticinco pesos. El mismo que se nos va a vender el terreno, ahora que alguien lo quiere comprar. Para los veinticinco pesos, le digo yo (al esposo) en el momento se les mira galán el pisto, pero ya dentro de unos días ya no tiene uno nada. Queda uno lavado. Yo sembré los palitos y los cuidé. Si vende el terreno, antes yo echo el machete a todos los palos y será la pura tierra que compra (se ríe). Se dice que la mujer no tiene derecho. Por eso lo quiero asegurar con la carta de venta. También por el hombre porque después (si lo vende) va andar llorando por su tomita de café. Yo no envidio a nadie. No envidio las personas por envidiarme porque el Señor castiga por andar envidiando. No envidio a nadie por la tierra (propiedad). La tierra sufre. Sufre cuando la pateamos y se va a quejar con Nuestro Señor, por lo que la pateamos, la meallamos (orinamos), la cagamos.

ACh. ¿Usted hace algún “pago” a la tierra?

BM. Sí lo hacemos la compostura. No ve que los dueños (duendes) de la tierra allí están. Eso lo sabemos nosotros que somos indios. Todos nosotros allá (por San Nicolás) todos componemos, en el nombre de la siembra (la milpa), el café, la huerta, para que queden (los duendes y ángeles) alegres y contentos…El Señor de Intibucá es el que más puede. ¿Verdad? Él está allí presente. Es el que más entiende. Como nosotros que somos indios, le digo yo, somos escrupulosos de todo.

Mis mejores lecturas del 2009



Dibujo de Agente Artehormiga. Fuente: hcfacebook.
En Hermano Cerdo lo están haciendo de nuevo. ¡Vamos!
Excelentes las dos novelas cortas de Patrick Modiano que leí empezando el año: Calle de las Tiendas oscuras (Anagrama) y Dora Bruder (Seix Barral). Extraordinario poder de síntesis para contar historias que atraviesan la Historia de la mano de personajes que buscan algo y que al mismo tiempo se buscan a sí mismos. Ya saben: de lo mismo, pero esta vez con Modiano.

Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, una intensa novela de aprendizaje que leí durante las pausas y las noches de mis días de más trabajo en agosto, con personajes que huyen de un mundo más o menos confortable para ir en busca de aventuras abajo de la frontera mexicoamericana.

Algo tiene Mario Levrero para que uno se empeñe en seguir leyendo sus “aventuras cotidianas” sin esperar nada más que, quizá, un pequeño accidente en su computadora, una visita o una conversación telefónica banal. Eso fue lo que me dije cuando llevaba por la mitad El discurso vacío (Debolsillo) y es lo que seguía pensando cuando leía La novela luminosa (Debolsillo). ¿Qué es lo que nos atrapa de esa “estética de lo cotidiano” de Levrero? Seguiré leyendo lo que encuentre de Levrero y seguiré, con absoluto placer, preguntándome lo mismo.

Angosta (Planeta), una novela de Héctor Abad Faciolince que me hizo llegar un amigo desde Colombia, plantea la situación de un país, Angosta, con una política que establece tres castas: los dones, los segundones y los tercerones, y en el que se dan cita todas las posibilidades sociales, culturales y políticas de Latinoamérica. La violencia y la exclusión podrían ser sus temas predominantes, pero la novela no es sólo eso, porque también hay sexo, amor y aventuras; y todo con una prosa traviesa, juguetona, en la que la ironía está a cada vuelta de página.

Nocilla Lab es la novela que más me ha gustado de la trilogía de Agustín Fernández Mallo. El monólogo de la primera parte y el tema del escritor enfrentado con lo que podría ser su doble, más ese cómic del final en donde encontramos a Fernández Mallo y a Vila-Matas hablando de la desaparición… Se pregunta uno si seguirá produciéndose nocilla después de esto.

Horacio Castellanos Moya es un escritor que escribe desde la experiencia del exilio, ese casi destierro autoimpuesto que lo hace volver a sus orígenes, pero sólo en sus libros, con una mirada oblicua, casi pendenciera, para tratar de recuperar algo que no considera del todo perdido. En Con la congoja de la pasada tormenta (Tusquets) reúne casi todos sus cuentos. Una excelente puesta a punto de su trayectoria como cuentista, casi desconocida para los lectores en España.

¿Qué puede esperar uno al leer Historia argentina (Anagrama), de Rodrigo Fresán: una novela o un libro de cuentos? Yo diría que ambas cosas. Tomemos al azar cualquiera de sus capítulos y leámoslo como si fuera un cuento. O empecemos desde el principio y vayamos observando, de cuento en cuento, o de capítulo en capítulo, el particular modo que tiene Fresán de contar la historia de su país. Fresán tiene una escritura precisa, cada frase es una unidad autosuficiente y sugerente, y además, una perspectiva tan particular de ver el mundo que uno no quiere dejar la lectura o, una vez terminado el libro, no quiere leer por el momento otra cosa que no sea de Fresán. ¿Exagerado? Pero es que así me lo pareció.

Aprovechando el desempleo, me propuse leer la kilométrica El arco iris de gravedad (Tusquets), de Thomas Pynchon. Tres semanitas en las que agoté una lámpara, dos botes de Nescafé, unas cuantas madrugadas y un buen porcentaje de mi capacidad de visión. Pero ha valido la pena. Cómo no. Secuelas: 1: cuando pasa un avión o cuando sopla el viento de la Tramuntana pienso que puede tratarse de un cohete. 2: cuando tengo una erección espontánea pienso que se acerca un cohete. 3: caen cohetes en mis sueños. Loor a ti, Thomas Pynchon.

Desde hace tiempo venían llamándome, desde una estantería de la biblioteca de Figueres, los tres volúmenes de Tu rostro mañana, de Javier Marías. El miércoles me llevé a casa el primero, subtitulado "Fiebre y lanza", que leí entre las fiestas de Nochevieja, las cervezas y la goma. Lo devolví el sábado y saqué ahí mismo el segundo volúmen, subtitulado "Baile y sueño", que ya estoy leyendo con el mismo placer con el que leí el anterior. Tiene una prosa envolvente esa novela, una prosa sensual, poética en muchos momentos. No se les ocurra no leerla. Aunque debo advertirles que no podrán soltarla una vez llegue a sus manos.

Daguerrotipo para un recuerdo



Detalle de la portada de La secreta voz de las aguas, diseñada por Bayron Benitez.

El 2010 mimalapalabra editores publicará varios títulos nuevos de narrativa y poesía. Uno de esos títulos es La secreta voz de las aguas, de Marco Antonio Madrid, que ya se encuentra en las últimas etapas de su preparación. Éste es, sin duda, uno de los libros de poesía más esperados de la literatura hondureña, después que con La blanca hierba de la noche (2000), su primera obra, Madrid se ganara nuestro más solemne respeto (y no exagero). En mayo de 2008 publicamos en este blog una entrevista al autor y tres poemas de este nuevo libro. Hoy, día de diciembre, antesala de fin de año, les ofrecemos un nuevo poema:
Diciembre es un río que viene de lejos, no sé de qué alegría,
no sé de qué dolor.

Nos trae su agua milagrosa. Nosotros lo llenamos de pesebres,
de cometas y veleros que navegan hacia el sol.

Diciembre es un árbol de hojas pequeñas,
es un dulce y un pan pero también es la soledad
del que aguarda junto al frío
con un largo vaho de alcohol en su corazón.

Diciembre es el aroma de la pólvora en la niebla,
es una vitrola con una vieja canción.
“Ya se va diciembre, ya es año nuevo”.
Diciembre es una multitud: la anciana reza, el niño llora…
Unos jóvenes bailan, alguien canta mientras otro
apura un vaso de licor. Diciembre es el hondo abrazo
del que vuelve de un lugar remoto manchado de nostalgia y soledad
es la medianoche anunciada con un sonido de campanas atenuadas
por el estallido de la pólvora en un cielo de color.
En esa multitud hay gritos, promesas, palabras exultantes…
Con esa multitud compartes la esperanza.
En esa multitud cambiante está tu rostro, está tu voz.

“Y sientes que se acaba todo, que se va la vida, que se van los años,
que se va diciembre”. La vitrola no para de sonar.
Ayer un hombre enterró a su hijo muerto. Hoy a solas lo ven llorar.
El viento de la noche arrecia.
La garuba cae sin cesar.

sábado 26 de diciembre de 2009

Onetti, el último mohicano



JCOnetti, en su casa de Madrid en 1989. Fuente: Francisco Ontañón/El País
Una de las secciones más interesantes de Babelia es la que lleva por nombre Crónicas de América Latina. Ahí encuentro hoy este artículo del narrador peruano Santiago Roncagliolo sobre Juan Carlos Onetti, a quien considera "el miembro más antiguo y más moderno del club más selecto de la novela latinoamericana":
Conocí la obra de Juan Carlos Onetti a comienzos de la década de los noventa, atraído por las leyendas que circulaban sobre ese autor. Mis compañeros de la facultad de literatura contaban que Onetti era un ermitaño, que se negaba a dar conferencias, y que vivía tirado en una cama con una botella de whisky.

El perfil del personaje resultaba exótico en cualquier caso, pero era especialmente inesperado en un escritor del boom latinoamericano. La mayoría de sus colegas vivían en olor de multitud, actuando en ocasiones más como políticos que como artistas. Mario Vargas Llosa había postulado a la presidencia del Perú. Gabriel García Márquez se había reunido con Fidel Castro y con Bill Clinton. Cortázar había defendido la revolución nicaragüense. Carlos Fuentes era México. Y en cambio Onetti, el mayor de todos, vivía metido en una cama aferrado a una botella de whisky.

Después averigüé que Onetti sí había sufrido una persecución política, pero gris, absurda y casi cómica: lo habían detenido por formar parte del jurado en un concurso de cuentos.

El cuento ganador se regodeaba en escenas sexuales que resultaron ser una referencia apenas velada a la homosexualidad de un miembro de la junta militar en el gobierno. En castigo, el autor del cuento y los miembros del jurado fueron detenidos por ofensas contra la dignidad de las fuerzas armadas. Durante los interrogatorios, un oficial inquisidor le preguntó a Onetti:

-¿Y usted qué tendencia política tiene?

-Ninguna, respondió el narrador.

-¿Pero por quién votó?

-Por nadie.

-¿Pero por quién habría votado?

-Nunca he votado.

-¡Ah! ¡Un anarquista!

Más aburrido que asustado, Onetti respondió:

-Y... Ponele anarquista si querés. ¿Puedo fumar?

Semanas después -siempre según las leyendas-, el escritor tuvo que ser evacuado a un hospital psiquiátrico debido al síndrome de abstinencia que le produjeron la falta de alcohol y tranquilizantes. Ahí terminó su gesta más heroica.

Recientemente, revisé la obra de Onetti para un encuentro sobre su obra organizado por la Casa de América, la Secretaría General Iberoamericana y la Fundación San Benito de Alcántara. Mientras leía, comprendí que el episodio de esa detención habría podido ocurrirle a cualquiera de sus personajes: quizá a Juntacadáveres, cuyo sueño dorado era regentar un prostíbulo de medio pelo. O a los protagonistas de El Astillero, que fingen mantener vivo su negocio mientras venden la maquinaria como chatarra. Incluso a los de Tierra de Nadie, que fantasean con huir a una isla que ni siquiera existe. Ninguno de ellos se enfrenta a grandes peripecias épicas, como los personajes de La guerra del fin del mundo. Ninguno es importante para la historia latinoamericana como El general en su laberinto. Sólo son gente ruin enfrentada a la mediocridad de la vida, como la mayoría de nosotros. Las novelas de Onetti serían graciosas si no exhalasen del deprimente humor de la mediocridad.

A eso se debe que Onetti sea el menos conocido de los narradores del boom. Este último mohicano del existencialismo no sólo desdeñaba la política, también le asqueaban el éxito, la fama o el glamour y sentía una genuina repugnancia por todo lo que apestase a figuración pública. En consecuencia, no se enfrentaba a diabólicos dictadores ni a intrépidos guerrilleros. Tal vez porque habitaba en Uruguay -uno de los países más prósperos, pacíficos e igualitarios de la región- sabía que en una democracia ejemplar también se puede ser infeliz.

Pero también por eso, y de manera involuntaria, Onetti se ha convertido en el autor más actual del boom. Hasta los años ochenta, durante el auge de la Revolución Cubana, la utopía real-maravillosa capitaneado por Gabriel García Márquez pasó como una apisonadora sobre las novelas latinoamericanas, llenándolas de mujeres con rabos de cerdo que salían volando por las ventanas. Tras la caída del muro de Berlín, el realismo urbano y frecuentemente violento de la literatura latinoamericana estaba teñido de Mario Vargas Llosa, cuyos personajes defienden su libertad ante los tiranos.

Pero veinte años después, ni un extremo ni otro del espectro ideológico producen grandes pasiones. La Revolución Cubana no ha mejorado la vida de la gente, y tras dos décadas sin dictadores en el resto de la región, la cantidad de pobres es la misma que antes. Los latinoamericanos votan democráticamente por gobernantes autoritarios -Chávez, Uribe, el PRI-. Y el fenómeno no es exclusivo de América Latina. A lo largo de la última década, en nombre de la democracia se invaden países como Irak y se toleran dictaduras como las de Libia, Egipto y Kazajistán.

Esa atmósfera de desencanto se ha reflejado en la literatura latinoamericana y europea. Dos de sus autores más destacados de los últimos años, Bolaño y Houellebecq, pertenecen a la generación que vio caer los grandes sueños de Allende y Mayo del 68, y su amargura recuerda a Onetti. Los poetas asesinos del chileno y los funcionarios onanistas del francés, los exiliados suicidas del primero y los turistas sexuales del segundo, podrían aparecer en cualquier novela de un novelista uruguayo que murió sin conocerlos.

Onetti no parece haber influido en estos autores. No es él quien logró que su obra perdurase a través del tiempo. Por el contrario, es el tiempo el que se convirtió en lo que sus novelas narraban. A lo largo del siglo XX, el planeta se dividía en dos grandes verdades. En el siglo XXI sabemos, como sabía Onetti desde antes, que las dos eran mentira.

Sin duda, es admirable ser a la vez el miembro más antiguo y más moderno del club más selecto de la novela latinoamericana. Pero sobre todo, es notable haberlo hecho desde una cama, con la única arma de una botella de whisky.