domingo, 3 de junio de 2012

¡Nadie lee, pedazo de idiota!


"La Literatura ya no es nada por sí misma, es la Gran Desaparecida". ¿Qué les parece esa frasecita? ¿Descorazonadora? Es parte del texto "Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos)", del inglés Lars Iyer, al que Enrique Vila-Matas aludía en su último artículo en El País. El texto es larguito, por eso sólo dejaré a continuación algunos fragmentos de la última parte, que me recuerdan las palabras de un muchacho de aquí cerquita que una vez dijo que estaba intentando escribir una obra maestra y que algún día llegaría a ser un genio como Bolaño o Ian McEwan, algo así. Recuerdo que yo le dije que uno debía ser consciente de sus propias limitaciones y que antes de aspirar a ser el mejor escritor del universo había que aprender, al menos, a redactar bien, pero no me hizo caso, siguió escribiendo su obra maestra, que, según parece, acaba de ser publicada. Los dejo con los fragmentos de este manifiesto de Lars Iyer, del que me entero a través del blog El lamento de Portnoy:
Resístete a las formas cerradas, a las obras maestras. El empeño por escribir obras maestras es una modalidad de necrofilia. Escribir debe ser un acto abierto por todos sus flancos, de modo que un esbozo de vida real (aunque ésta no sea más que una farsa lúgubre y ridícula) pueda atravesarlo, pasando las páginas. 
Los autores deben renunciar a imitar a los genios. En lugar de ello, es preferible mostrar a los autores como monos de imitación, en una palabra, como idiotas. No tengas la arrogancia de intentar ser cómico. Tú eres el serio en esta farsa; el gracioso es el universo. No vayas de tonto, ni de listo, ni de simpático, ni de tímido. Eso sí, deja un margen a la hilaridad, a una risa dolorosa y purificadora que te parta en dos los costados y el corazón. Sigue tu propia estupidez como unas huellas en la arena.
Aunque trates otros temas, no dejes de escribir acerca de este mundo, un mundo dominado por sueños muertos. Resalta la ausencia de Esperanza, de Fe, de Compromiso, de Seriedad rimbombante. Señala el pasado, del que hemos sido desgajados; señala el futuro, que nos destruirá. Escribe sobre un tipo de esperanza que antaño fue posible en tanto que Literatura, Política, Vida, pero que ya no es posible para nosotros.
Deja ver claramente que eres consciente de tu impostura. No eres un Autor, no en el sentido tradicional. En realidad, no has escrito ningún Libro, un Libro de Verdad. No formas parte de ninguna tradición, movimiento ni vanguardia. No te estás jugando verdaderamente nada en la Literatura, por muchos aires insensatos que te quieras dar. Además, la verdad es que hoy día es poquísima la gente que lee. No dejes de recalcar bien este dato. ¡Nadie lee, pedazo de idiota! Hay más novelistas que lectores. Hay demasiados libros...
Deja ver tu melancolía, resalta el hecho de que el final se acerca. Se acabó la fiesta. Las estrellas salen y el cielo negro se muestra indiferente ante ti y tus sandeces. Estás con los personajes de Bolaño al final de la búsqueda, perdido en el desierto de Sonora, al final de todas las búsquedas. Estás haciendo dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto. No hay más, ésas son tus obras completas: dibujos estúpidos para matar el tiempo en el desierto.
No seas generoso ni amable. Ríete de ti mismo y de lo que haces. Saquea el arte, como el caníbal que eres. Recuerda: únicamente cuando el cuerpo está sin vida, y ha sido picoteado durante millones de años por los cuervos, roído por los chacales, cubierto de escupitajos y olvidado, sólo entonces descubriremos que aún queda una última esquirla de hueso intacta.

viernes, 1 de junio de 2012

Villoro y la memoria


Juan Villoro. Foto: Claudia Guadarrama.
Muy interesante la perspectiva de Juan Villoro acerca de la creación literaria recogida en esta entrevista de Jesús Alejo para Milenio (que yo me robo de Moleskine Literario). La memoria, esa que todo lo sabe, es para el escritor mexicano la fuente de su trabajo literario. Nos dice, además, que pertenece a esa clase de escritores que no necesariamente tienen un plan definido antes de embarcarse en la escritura de una novela:
“Nosotros escribimos porque recordamos”, dice Juan Villoro, quien encuentra en la memoria a la mayor cantera para la creación literaria, lo que de muchas maneras se refleja en su obra novelística, como sucede en su más reciente libro, Arrecife (Anagrama, 2012).
“A medida que envejezco pierdo muchas cosas, pero también una de las cosas de ir viviendo es que el pasado se vuelve más grande, incorporas más capas de experiencia, ya sea de otras zonas de tu propia vida o del pasado de tu país.”
Bajo ese entendido, el escritor encuentra que el itinerario del novelista es el de alguien que se mete en un camino largo, tan largo que se extravía y dicho extravío se convierte en la historia que busca en secreto: “Me gusta mucho plantear una novela como algo en lo que te vas a perder y vas a descubrir.
“Hay novelistas que ya conocen ese mundo, tienen una idea muy clara de hacia dónde van a llegar, pero hay quienes escriben para descubrir ese camino. Soy de los segundos: en la novela te debes abandonar un poco para avanzar a ciegas y luego corregir mucho; tienes razón al decir que me interesa mucho la memoria y eso puede ser un vicio narrativo, porque me interesa al grado que de pronto escribo tanto del pasado de los personajes, que me olvido de la novela.”
Ese fue uno de los retos que se planteó Juan Villoro en Arrecife, una historia de amistad, amor y redención, aun cuando también habla de la violencia, de los peligros de la vida y hasta de los sacrificios mayas; todo junto es un coctel que pretende reflexionar en torno a los excesos de la humanidad.
“Me interesaba, primero que nada, contar la historia de una amistad, en donde dos personas recuperan el pasado, si bien uno está más seguro de ese pasado que el otro. Luego quería situar la historia en el presente mexicano, en donde hay un clima de violencia que no trata la novela de manera directa, pero sí es un espejo de los peligros que rodean a la condición humana.”
Esa recreación del pasado tiene como escenario un hotel en el que se ofrecen, como parte de su programa de actividades, aventuras peligrosas, vinculadas lo mismo con el juego, el alcohol, las drogas, los deportes extremos, los animales venenosos o las chicas que no te convienen: “todo eso forma parte del atractivo que muchas veces te hace daño.
“El ser humano es un depredador y se deja atraer por tentaciones que muchas veces son dañinas. Siempre me han intrigado los resorts turísticos, porque son sitios aislados que parecen como naves interplanetarias, donde la gente vive en una situación de total aislamiento, además los hoteles son espacios narrativos por excelencia, porque como autor buscas historias singulares de las personas y en un hotel estamos obligados a ser singulares.”
A Juan Villoro no le interesa tanto la idea de la crítica social, pero al mismo tiempo sabe de la necesidad de reflexionar acerca de los problemas de nuestros días, con una sociedad en la que derrochamos la violencia, en la que hay decapitados, pero hay quienes por deporte juega al gotcha, una representación de la violencia.
“En qué medida vivimos en una comunidad donde la muerte es gratuita y pareciera no tener tiempo para la vida”, se pregunta Juan Villoro; la respuesta se encuentra en Arrecife, una historia en la que se funden muchas de sus obsesiones literarias.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Desliz lapidario en El Heraldo


En la imagen, tres ilustres poetas, que siguen siendo desconocidos para algunos de nosotros pues el pie de foto de la nota no contenía sus nombres.
Lo lamentable no es que, según esta nota de El Heraldo, el poeta Óscar Acosta haya muerto y no nos hayamos enterado sino que además, se haya cumplido el primer aniversario de su fallecimiento. La periodista Carmen Godoy, firmante de la nota, seguramente confundió a Acosta con Roberto Sosa y vino a ponerle la lápida al primero sin demasiada ceremonia. El tema es un festival internacional de poetas (ilustres poetas desconocidos, como dice un amigo) celebrado en la cultísima Tegucigalpa recientemente, en el que, según leemos, "el respeto a los derechos humanos es uno de los tantos temas sociales" abordados por los participantes. El fragmento lapidario de la nota es éste:
El Primer Festival de Poesía se le dedicó al poeta Óscar Acosta y este año hay una parte del festival que se hizo en homenaje a este poeta, ya que la fecha en la que se desarrolló esta actividad coincidió con la del primer aniversario de la muerte de este grande de las letras hondureñas.
Desde San Pedro Sula le va un fuerte abrazo a don Óscar cuya literatura tiene tanta vida que habrá de pasar mucho tiempo antes de verla entrerrada.

lunes, 28 de mayo de 2012

La repetición de la repetidera

Cuando uno lee artículos escritos por una mujer poeta extranjera siente algo parecido a la nostalgia, pero no una nostalgia por algo que ha perdido sino por algo que nunca ha tenido. Y es que en H es tan difícil encontrar una "poetiza" (perdón si les molesta la palabrita) que logre deslumbrarlo a uno más que con sus versos, si es que tal cosa llega a suceder alguna vez (perdón de nuevo). Aunque esto, en términos generales, aplica para poetas y poetizas: rara vez escribien bien otra cosa que no sea poesía. Pero mejor leamos a Piedad Bonnett, una poeta colombiana que no sólo puede jactarse de escribir buenos poemas:
Alguna vez, siendo jurado de un concurso de poesía en Medellín, asistí a un debate entre mis colegas, dos reconocidos escritores, sobre el libro de uno de los finalistas con mayor opción; aunque tenía muchos aciertos, decían, lo malograba el hecho de que fuera una pobre imitación del poeta X.
Como yo no conocía bien la obra del poeta X, un autor local, no podía terciar en la discusión desde esa perspectiva. Sin embargo, el argumento fue tomando tal peso en la decisión de mis compañeros que finalmente, después de muchos ires y venires, ellos se impusieron y le dimos al libro cuestionado un modesto tercer lugar. Al abrir las plicas pudimos comprobar, con horror, que el libro era del poeta X.
Una de las muchas interpretaciones de este episodio podría ser que un autor se puede copiar a sí mismo; y aunque parezca increíble, mientras mejor lo haga más mal le resultará, pues eso significa que se está repitiendo, pero sin el impulso y la fuerza que su obra tuvo en algún momento. Pecado grave, si tenemos en cuenta que se espera de un artista que no codifique su lenguaje, que se reinvente y no se deje asfixiar por su propio estilo.
Nadie está exento de que esto le suceda, ni los grandes maestros. Y nos duele, cuando de ellos se trata, pues es difícil que una larga vida creativa no termine en agotamiento. Lo vemos en Botero, un pintor extraordinario en sus primeras obras, pero que, víctima de su propio hallazgo, a partir de cierto punto se banaliza; y en García Márquez, ese buscador incansable, genio capaz de escribir El coronel y El otoño, dos obras magníficas y a la vez enteramente distintas, que copia sin la misma potencia su propio realismo mágico en algunas de sus últimas novelas. En todo creador, pues, habita un posible enemigo de sí mismo, cuya amenaza crece a medida que se llega a la vejez. Y se necesita coraje tanto para silenciarse como para asumir que el arte es una búsqueda perpetua.
También le sucede, aunque de otra manera, a Fernando Vallejo, nuestro Bernhard criollo, ese escritor apasionado, en últimas un moralista, que a punta de sarcasmo e ironía ha señalado en sus novelas la mala entraña de “este paisito de mierda” y en general del universo. Después de escribir sus primeras obras, y la extraordinaria biografía de Barba Jacob, Vallejo, un hombre amable en la intimidad, refinó el personaje que inventó para sí mismo y se convirtió en un profesional del escándalo que aprovecha la “fascinación de la cultura moderna por quienes putean”, de la que habla el incisivo Piglia. Es que eso da sus réditos y él lo sabe. Lo vemos, pues, desde hace años, vertiendo frente al público y los periodistas sus viejas ideas, con apenas leves variaciones, e insultando y despotricando, de una manera ya conocida, contra el papa, los presidentes, las mujeres paridoras y todo lo que se le ocurre. A muchos su perorata les fascina. A otros, ya no sólo no nos divierte ni nos convence, sino que nos fatiga. Lástima, porque es fácil compartir sus juicios.
Por los lados del periodismo hay también quienes perseveran en los papeles que se han autoimpuesto, hasta volverse predecibles. Son los idénticos a sí mismos, aquellos cuya mirada se ha petrificado en el tiempo porque para ellos el mundo ya está definido. Y no es que no disfrutemos, al lado del análisis frío de la mayoría, de la aguda perversidad crítica y el humor corrosivo capaz de develar lo que de podrido hay en Dinamarca. Es que el arte de la diatriba, cuando viene en el mismo empaque por años y años, en forma programática, pierde su poder contestatario, su capacidad subversiva. Es más, se oficializa. Y no creo que haya un mayor contrasentido que un rebelde oficial y de oficio. Aunque, como dice un ingenioso poeta amigo, hay una explicación posible: que el que es caballero repite.

jueves, 24 de mayo de 2012

Censura y patrioterismo


Patriotas hondureños saludando a sus próceres.
El escritor peruano Iván Thays, muy conocido por su blog Moleskine Literario, publicó recientemente un nuevo artículo en ese otro blog, Vano oficio, que administra para el diario español El País. En esta ocasión, Thays cita a Salman Rushdie, un escritor más que autorizado para hablar de la censura. Es un artículo que yo recomendaría leer atentamente a esos "lectores" hondureños que corren a aplaudir cada vez que Julio Escoto publica una nueva novela patriótica. La recomendación vale también para Julio Escoto. Saludos, Juventud. Pero vámonos con Thays:
A las causas políticas, morales o religiosas que menciona Rushdie hay que sumar otras que, de manera más sutil pero con igual contundencia, actúan como entes censores en la actualidad. La primera causa es el mercado. Como dice La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa, la publicidad ha reemplazado a la crítica y el mercado es quien dicta la norma. Nada se puede publicar si no ha sido aprobado antes por el mercado. Ninguna editorial, librería o agente literario podría sobrevivir si no logra una ecuación equilibrada entre autores que el mercado exige y autores que le dan prestigio, aunque representan pérdidas. Y si las pérdidas son mayores que las ganancias, editoriales, librerías y agencias (y autores) quiebran indudablemente. Es casi imposible escapar del mercado, que no censura directamente sino que lo hace a través de sus reglas invisibles. Copar las mesas de novedades y las páginas culturales, hundir en el olvido las obras que no participan del espectáculo y mimar hasta el disparate a los autores best-sellers son algunas de esas reglas. La ley general es la frivolidad y hacia eso apunta. Incluso los libros que no son fáciles o superficiales sino incluso complejos, tienen cabida si el mercado ha sabido adoptarlos a sus reglas que todo lo frivoliza. Hace unos años, por ejemplo, en España se dio un fenómeno interesante: uno de los libros más vendidos del año fue Vida y Destino de Vasili Grossman. Un monumento histórico y meticuloso de más de 1,100 páginas sobre el cerco de Stalingrado, escrito en la década de los 40, publicado póstumamente a fines de los 70 en inglés y francés, traducido en el 2007 (versión íntegra) al castellano. Un éxito de ventas y de crítica. Pero ¿cuántos lectores están capacitados en realidad para leer un libro semejante? Poquísimos. Bajo las reglas del mercado, comprar un ejemplar complejo es adquirir un bien prestigioso, engalanar tu biblioteca con el libro del que todos hablan, pero no es una exigencia leerlo. Basta con poseerlo.
Otro factor de censura es el patrioterismo. Como sucedía con los comisarios estalinistas (aquellos que nunca hubieran dejado publicarse, justamente, Vida y Destino), el patrioterismo crea una exigencia en los escritores: mostrar una realidad positiva, no provocar la duda o el cuestionamiento, dar vivas a la patria y a sus protagonistas contemporáneos (escritores, artistas, chefs, deportistas, lo que sea). En pocas palabras: no ser un aguafiestas. Cuando en el 2010 se le otorgó el Premio Nacional de Chile a Isabel Allende, sus defensores subrayaron que ella había "puesto en el mapa" literario a Chile. No se discutía la calidad de sus obras, y menos en comparación con la de otros autores propuestos para el premio, sino el que gracias a ella Chile tenía una autora de bandera. Los críticos de Isabel Allende eran envidiosos, malagradecidos o antipatriotas. No se puede criticar a ningún personaje sobre el cual reposa la autoestima nacional. Recordemos que hace un año se intentó, en la Feria de Libro de Buenos Aires, que el recién galardonado con el Nobel Mario Vargas Llosa no inaugure la Feria porque "insultó" a Cristina Kirchner al criticar su gobierno. ¿No es eso censura? Si se mantiene esa idea patriotera que obliga a todos a apoyar ciegamente la causa nacional, y se suma a ello la mentalidad positiva de los empresarios embrutecidos por cursos de coaching, pronto tendremos comisarios de un nuevo estalinismo liberal: aquel que solo acepta a los autores que consiguen triunfos internacionales, más allá de su calidad literaria, y cuyas obras logran posicionar al país como un lugar de ganadores.
Como dice Salman Rushdie en su intervención: "El arte no es entretenimiento. Cuando el arte es muy bueno, es una revolución". Y ninguna revolución se logra siguiéndole el ritmo a un discurso hegemónico, a un slogan patriótico o a las pretensiones del mercado. Defender los libros de la censura, como pide Rushdie, implica no solo defender el derecho a escribir, sino el derecho a escribir sobre -o contra- lo que uno quiera.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Castellanos Moya: Violencia y ficción en L.A.

"Lo que es vicioso y maligno para el hombre y la sociedad constituye muchas veces el alimento principal para la creación literaria. Lo que es negativo para las sociedades latinoamericanas puede que sea el principal nutriente de su literatura. ¡Cuidado!: esta es una idea peligrosa si se asume de manera simplista, sin gradaciones ni matices: nadie necesita encontrarse un cuerpo descuartizado a la puerta de su casa para escribir una buena novela; nadie necesita sufrir la violenta pérdida de un ser querido para tener un tema para su próximo cuento. Lo que quiero decir es que no se escriben obras artísticas relevantes a partir de la felicidad y la autocomplacencia, de la inercia propia de quien cree haber arribado al punto de llegada, a la “meta” de la historia, y que el círculo vicioso de la violencia, y los esfuerzos que las sociedades latinoamericanas hagan por salir de él, generan una vitalidad que seguirá encontrando cauces y enriqueciendo la ficción que se escribe en esa región. Y también quiero apuntar que, más allá de la violencia política y social, la ficción siempre tratará de ir más a fondo –eso es lo suyo–, de hacer esas incisiones verticales que con tanta maestría hizo Rulfo, a fin de detectar y reflejar esas otras violencias que se esconden en el corazón del hombre, que se parapetan en la máscara de la respetabilidad, que se refrenan bajo el rictus tolerante del ciudadano civilizado, pero que una vez que los controles colapsan salen a la superficie abruptamente, contundentes, como ha sucedido tantas veces en la historia y seguirá sucediendo. Es ahí donde está la llamada marca de Caín, en el corazón de la especie, y si el escritor trata de bajar por esas pendientes escabrosas, a veces abismales, donde se esconden los nidos de esas otras violencias, su obra será también un reflejo de ello".
Horacio Castellanos Moya. Fragmento de su ponencia "Violencia y ficción en Latinoamérica: ¿círculo vicioso o marca de Caín?", presentada en el “Primer Coloquio Internacional de Estudios latinoamericanos: Literatura y política. Perspectivas actuales”, que se llevó a cabo en la Universidad de Palacky, en la República Checa, del 4 al 6 de mayo recién pasado.
Para leerla completa, entre AQUÍ.

viernes, 27 de abril de 2012

Autobiografías


Ni Paul Auster ni Gunter Grass salen indemnes de este artículo de la poeta colombiana Piedad Bonnett, tomado de El Espectador, que habla de las autobiografías:
Tengo un amigo que opina que las biografías les gustan sobre todo a los viejos.
Aunque estoy a punto de entrar en esta última categoría, debo decir que frecuento este género desde hace mucho, sobre todo en la que considero su versión más interesante, los libros de carácter autobiográfico. Los hay de toda naturaleza: las memorias intelectuales, que prescinden casi totalmente de datos íntimos, como Errata, de George Steiner, que ahonda con agudeza en su relación con los idiomas, sus maestros, la música, Dios, el judaísmo; los brutalmente confesionales, como El acontecimiento, libro en el que Annie Ernaux cuenta cómo se practicó un aborto en Francia, siendo muy joven, en total desamparo y corriendo todo tipo de riesgos, porque era ilegal; o los muy finos, a veces líricos, como El libro de mi madre, de Albert Cohen, o Patrimonio, de Philiph Roth, un relato conmovedor sobre los últimos días de su padre. Joya especial es Verano, donde Coetzee acude a un recurso imprevisto para pintarse a sí mismo: imagina cómo lo debieron ver algunos seres cercanos, amigos, mujeres que amó o lo amaron.
Sobra decir que casi toda literatura se nutre de datos autobiográficos. Pero en toda autobiografía hay también algo de ficción, pues la imperfecta memoria acomoda las cosas o las reinventa al seleccionar entre los innumerables hechos de una vida lo que conviene a los fines que persigue, a veces hasta llegar a la “auto-ficción”, género que se ha multiplicado en los últimos años y que imbrica hechos reales y ficticios en deliberado juego para confundir al lector.
Ahora bien: ¿qué es lo que hace que a un lector le interesen la intimidad del escritor, ciertas anécdotas de su vida, sus sentimientos más personales y entrañables? La respuesta más obvia y sencilla es que la experiencia de otro puede iluminar y ampliar nuestra propia experiencia del mundo, siempre y cuando esté expresada en un lenguaje original, agudo y conmovedor. Reflexiono sobre esto a partir de Diario de invierno, de Paul Auster, un autor con libros buenos, regulares y malos, pero universalmente traducido y con gran reconocimiento. En este texto autobiográfico, que logra por momentos conmovernos, el autor nos cuenta, entre otras cosas, qué presas se ha partido o golpeado, en qué sitios, con dirección exacta, ha vivido, cuando compró casa, dónde conoció a su mujer y sobre qué tema hizo ella su tesis de grado. Mientras lo leía recordé la pregunta que atinadamente se hace Doris Lessing en su abultada y apasionante autobiografía: ¿cuánta verdad contar? Pues ser famoso o reconocido no le da derecho a pensar a un escritor que su vida merece ser contada, o que todo lo que narra de ella debe resultarnos interesante.
No basta una escritura brillante, si expresa algo banal. Así como no basta una idea interesante si se expresa de cualquier manera. La buena prosa de Auster está puesta en su último libro al servicio de una realidad meramente anecdótica. Caso contrario es el de Grass, que para denunciar el silencio de su país frente a Israel optó sagazmente por un poema, con un doble resultado: eficaz, porque encontró la resonancia que buscaba; y atroz, porque su mediocridad panfletaria hace creer a los muchos que jamás la leen, que poesía es el ejercicio de poner ideas en versitos pendejos. Pero tanto Auster como Grass se saben grandes figuras. Y creen, desde esa convicción, que pueden hacer lo que les dé la gana. Lo que se les olvida es que los buenos lectores no perdonan.

miércoles, 25 de abril de 2012

Melancolía inútil


Hace pocos días salió de imprenta y se instaló en las librerías sampedranas Liser y Caminante mi último libro, Melancolía inútil, un libro que Bayron Benitez (diseñador de la cubierta y diagramador) y yo habíamos preparado desde principios de 2010 pero que por algunas circunstancias adversas no llegó entonces a ver la luz. Lo que sigue es el prólogo que escribí para ese libro:
De la melancolía a la inacción, en tres estaciones
Una vez una periodista de Guatemala me pidió que le hablara de mi “carrera literaria”, y le hablé, de la mejor manera que pude, de lo aventurado que resultaba llamarle “carrera literaria” a la simple acumulación de años, lecturas, tropiezos y sinsabores que se dan en alguien que, cargado de excesivo valor, se dedica al oficio de escribir en cualquier punto geográfico del llamado Tercer Mundo. Le hablé de los trabajos que se ve uno obligado a realizar para sobrevivir en ese medio casi estéril para el cultivo de las artes, mientras se andan en la cabeza nuevos proyectos literarios. Le hablé de la desconfianza que, como dice Óscar Collazos, genera quien vive al fiado, atrasado en el pago del alquiler, cansando a sus amigos con el producto de sus desvelos. Y le hablé a Flor de María Pérez –es el nombre de la periodista– de mis inicios como lector, de mi participación más adelante en un grupo literario que llegaría a publicar, después de tres años, una recopilación de los supuestos mejores poemas de sus miembros; le hablé de las interminables conversaciones con los amigos y de sus bibliotecas particulares; de uno que otro modesto premio ganado aquí y allá a lo largo de unos ocho años; y le hablé, por último, de mi primer libro de poesía publicado en noviembre de 2005 por la editorial Letra Negra de Guatemala. En suma, le hablé de una serie de eventos afortunados y desafortunados que muy poco tienen que ver con eso que podría llamarse “una carrera literaria”, pero que sí constituyen la necesaria “experiencia vital” para cualquier escritor o aprendiz de escritor.
Quizá todo eso que le dije a Flor de María podría haberse resumido en dos o tres palabras, o en unas tres frases cuando mucho, pero lo cierto es que necesitaba en ese momento justificar de alguna manera mi condición de poeta con una muestra de ese temperamento melancólico que nos caracteriza. Necesitaba decirle que en un país como
Honduras, y en una ciudad como San Pedro Sula –que es donde vivo actualmente–, que ni siquiera cuenta con una verdadera biblioteca pública, ni con librerías que ofrezcan lo último del mercado editorial, ni con un público capaz de identificar la diferencia entre una obra literaria y un manual de jardinería, no se concibe que una persona que se dedique a escribir pueda, al cabo de cierto tiempo, presumir de tener una carrera literaria.
En otra ocasión me preguntaron por mi “poética”. Era Amalia Iglesias quien preguntaba, y le dije que si acaso tenía alguna poética, esa era la poética de la inacción. “Soy un Bartleby de la poesía”, le dije, “prefiero no intentarlo más”. No sabría definir lo que en el principio fue para mí la poesía. Cuando intento recordarlo, apenas logro imaginarme como un muchacho tímido, ingenuo, melancólico, y siempre con un libro de poemas en cualquier lugar en el que me encuentre; lo que vivía, lo que percibía, lo que me ayudaba a sobrellevarlo todo, era traducido (o intentaba ser traducido) por mi subconsciente al lenguaje poético. Recuerdo que al caminar por la calle trataba siempre de pensar en imágenes y no en conceptos. ¡Vaya manía! Era como si mirara la vida a través de un filtro y no de frente; pretendía que cada uno de mis actos fuera la metáfora de algo. Así es como creo ahora que era yo cuando escribía poesía, o cuando al menos lo intentaba. Ya no escribo poesía. La poesía es para mí ahora como una de esas novias de la adolescencia que dejamos atrás pero que no podemos evitar recordar con cariño y hasta con cierta nostalgia. Únicamente eso, lo cual, supongo, debe interpretarse entre los poetas como una traición al oficio.
Intenté ser un poeta muchas veces, pero creo que nunca lo fui, o al menos nunca lo fui como yo hubiese querido serlo. Creo, como dijo alguna vez Wislawa Symborska, que para escribir poesía hay que tener un temperamento melancólico. Yo ya no creo poseer ese temperamento melancólico que me empujaba a intentar escribir poesía en el pasado. Si acaso, ésta de la inacción es mi poética. No descarto, sin embargo, recaer en la melancolía en cualquier momento.
Este libro es la versión resumida de un viaje con escalas en tres puertos. Habrá empezado todo allá por 1999, cuando tenía 19 años, con algo que llegó a titularse Morir todavía, un librito de poemas fúnebres que publicó en 2005 la editorial Letra Negra de Guatemala. “Escribe sin parar sobre aquello que te obsesione”, me había aconsejado un amigo, y como lo que me obsesionaba desde mis 19 años era la muerte, me puse a escribir sobre la muerte. ¿Habrá alguien que empiece a intentar escribir poesía y no se sienta seducido por ese tema tan trillado? En fin, de esa obsesión con el temita trillado decidí incluir en este libro unos pocos poemas.
La segunda parada de mi viaje tuvo lugar en 2006, cuando un generoso jurado calificador compuesto por mexicanos en Guatemala decidió otorgarme un premio por mi libro Las horas bajas. Todavía recuerdo lo emocionado que estaba al recibir la llamada con la noticia, y lo nervioso y ridículo que me sentía cuando los organizadores de ese premio me obligaron a meterme en un traje y desfilar por la pasarela instalada en un teatro, todo sonrisa y felicidad, algo que era contrario al espíritu del libro con el que había ganado. Apareció una edición local con mis poemas y con los textos ganadores en las ramas de cuento y teatro de ese certamen literario, y un año después la editorial de la Secretaría de Cultura, Artes y Deportes de Honduras los publicó también en su colección Premios. En este libro aparecen enteras esas horas bajas.
La tercera estación podría llamarse Réquiem, pero su nombre es algo que no importa demasiado. Hice aquí una parada prolongada durante los últimos años, y es donde sigo, entre breves rachas de melancolía inútil, todavía dudando si continuar o no el viaje, tratando de convencerme de que la Poesía es una carga que deberían llevar otros.
 
  • Algunos comentarios de la crítica literaria catracha:
“Sus trabajos revelan exigencia formal y capacidad de volcarse hacia el autoanálisis, también se percibe desazón existencial al sentirse atado por aspectos inherentes a la condición humana” (Helen Umaña).
“Poesía intensa y comprometida con la mejor tradición universal, sin suspirar por lo solemne ni rebajarse a lo trivial” (Mario Gallardo).
“Los registros de su léxico y la frescura de sus composiciones lo sitúan en un nivel que brilla con luz propia entre los creadores de su generación en Honduras” (Fausto Leonardo Henríquez).
“Leyendo Las horas bajas logramos tocar un hombre en el sentido de que, tras las palabras leídas, no hallamos una mera retórica sino la voz de una sensibilidad que, trascendiendo su espacio físico y su individualidad, abraza lo universal” (Óscar Mejía).

martes, 27 de marzo de 2012

Vila-Matas recuerda a Tabucchi


Antonio Tabucchi, paseando por la orilla del Sena en el año 2004. / DANIEL MORDZINSKI

Enrique Vila-Matas nos trae de nuevo en este artículo importado de El País al escritor italiano Antonio Tabucchi, el autor de Sostiene Pereira, fallecido recientemente en Lisboa:
¿Qué diablos hemos venido a hacer aquí? Creo tener una ligera idea de lo que respondería Tabucchi. Admiro en él su imaginación y también su capacidad para investigar en la realidad y terminar llegando a una realidad paralela, más profunda, esa realidad que a veces acompaña a la visible. Recuerdo que le gustaba Drummond de Andrade, que veía el misterio del más allá como si fuera solo un viejo palacio helado. Pienso en esto, mientras toco en el portón del tiempo perdido y veo que nadie responde. Vuelvo a tocar, y de nuevo la sensación de que golpeo en vano.
La casa del tiempo perdido está cubierta de hiedra por un lado, y de cenizas por el otro. Casa donde nadie vive, y yo aquí golpeando y llamando por el dolor de llamar y no ser escuchado. Nada tan cierto como que el tiempo perdido no existe, solo el caserón vacío y condenado. Y el viejo palacio helado. Llegó a casa hace siete días un mensaje de Tabucchi, en respuesta a unos recuerdos que inventé sobre Porto Pim: "Me hablas de una época remota, de cuando existían los cachalotes. Época de antes del diluvio, y sin embargo vivida. Qué raro, querido amigo". Es verdad, qué extraño. Hoy Porto Pim –hiedra y cenizas en el lugar donde nadie vive- es también un paisaje del tiempo perdido.
Junto al inventor de recuerdos y el hacedor de ficciones había un Tabucchi comprometido con la realidad, un escritor que entendía que Berlusconi había creado un mundo ficticio gracias a su imperio televisivo y mediático y que los italianos habían terminado por caer en una especie de Show de Truman del que no saldrían en años, por mucho que Berlusconi se hubiera ya largado. No había que olvidar, decía, que el show había producido leyes muy concretas y un pavoroso régimen. Y menos aún olvidar las responsabilidades de quienes habían sido condescendientes con tan grotesco espectáculo.
Tabucchi tuvo que huir cuando aquel espectáculo italiano infame afectó ya seriamente a su vida. Se marchó a Lisboa, y allí a veces escribía sobre la isla de Corvo y sobre la lejanía. Yo he escrito toda la vida sobre Dama de Porto Pim, libro de cabecera y artefacto literario que en ocasiones contemplo como si fuera un Moby Dick en miniatura. Sus menos de cien páginas componen un buen ejemplo de libro de frontera, de artilugio compuesto de cuentos breves, fragmentos de memorias, diarios de traslados metafísicos, notas personales, biografía y suicidio de Antero de Quental, astillas de una historia cazada en la cubierta de un barco, mapas, bibliografía, abstrusos textos legales, canciones de amor: elementos a primera vista enemistados entre sí y, sobre todo, con la literatura, transformados por una firme voluntad literaria en ficción pura. Un libro memorable, como tantos otros suyos: Réquiem, Nocturno hindú, Pequeños equívocos sin importancia, Sostiene Pereira, Se está haciendo cada vez más tarde.
En cuanto a Corvo, se trata de la isla más remota de las Azores. Solo se puede llegar a ella en barco. Nunca olvidaré el día en que desembarcó allí Tabucchi y vio a un hombre que tenía un molino de viento para triturar el grano y que le preguntó estupefacto: "Señor, ¿qué es lo que ha venido a hacer a esta isla?". A Corvo se va por ir, supe luego que pensó Tabucchi, a quien le habría gustado ser uno de los portugueses que llegaron en el siglo XV por primera vez a las Azores y encontraron un paraíso. Era aquella una época sin duda remota y en la que aún existían los cachalotes. Época que se ve hoy, con profundo dolor, ya tan lejana, y sin embargo, por raro que parezca, verdaderamente vivida.

lunes, 26 de marzo de 2012

Otra fábrica de escándalos


Una vez leí en un artículo del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince algo relacionado con esa costumbre del ser humano de afiliarse a las masas. Faciolince decía renegar de las masas porque en ellas el individuo deja de pensar y de funcionar como tal para empezar a pensar y a funcionar colectivamente. En la colectividad, obviamente, el individuo deja de ser él mismo para convertirse en otro, otro que es muchos.
Las causas colectivas, ya se sabe, generan movimientos importantes en la sociedad y por lo general obtienen resultados importantes. “Unidos venceremos”, “La unidad hace la fuerza”, “Todos somos esto”, “Todos somos aquello”, son las consignas que más se oyen de esas enormes gargantas combinadas.
Recientemente, un grupo reducido de poetas y de aspirantes a poetas en San Pedro Sula conocido con el nombre de Poetas del Grado Cero, con una abrumadora diferencia aproximada del 5 por ciento para los primeros y del 95 por ciento para los segundos, se ha dado a la tarea de buscar, de cualquier manera posible, multiplicarse, supongo yo, para dejar de ser el pequeño grupo original y convertirse en esa poderosa masa que ha de cambiarlo todo en el panorama de la poesía hondureña.
La tarea, obviamente, conlleva, para algunos de estos poetas (los del 5 por ciento), la deposición de sus principios fundamentales como supuestos individuos “cultores de la palabra” en nombre de la necesidad colectiva. El de no llamarle poesía a cualquier cosa, sería uno de esos principios. Así, se les ha visto en esos magno eventos poéticos, cortados con la misma tijera y revueltitos, a los poetas y a los prepoetas, agarraditos de la mano y probablemente escuchando cada uno en su cabeza ese clásico de “El Puma” que los lleva, con toda seguridad, a un horizonte de libertad, igualdad y fraternidad.
En su afán reclutador, el monstruo y su causa han acumulado muchos amigos, ya sea en la calle, en la universidad o en Facebook, y ahora todos pregonan al unísono los versos más solidarios de Neruda, los más cáusticos de Parra y los más desesperados de Panero, al tiempo que generan simpatía, ganan nuevos adeptos, admiradores y hasta socios.
Luego de un homenaje realizado al poeta, él sí, José Luis Quesada en la Alianza Francesa hace un mes, este grupo prepara lo que consideran será “el evento literario más importante del 2012”, con 45 poetas de todo el país leyendo sus cosas durante tres días en esta ciudad. El motivo esta vez es el centenario de la poeta, ella sí, Clementina Suárez.
Ya podemos imaginar una réplica del homenaje a Quesada, en el que poetas y prepoetas, otra vez agarraditos de la mano, reafirmarán su compromiso con Clementina, con la poesía, con un par de instituciones, con el mundo entero, en una solemne ceremonia partida en dos por la dulce voz, acompañada de guitarra, piano y baile, de Nidia de la Noche.
Desde ya circula en internet (y en 500 postes del alumbrado público) el afiche promocional del evento, en el que tres cuartas partes de los nombres que ahí se leen son meramente decorativos, pura estrategia de marketing de los organizadores, me permito suponer, afanados en captar más atención de la que merecen.
El fenómeno de la poesía reducida a la categoría de la banalización se produce en Honduras de manera intermitente cada cierto periodo de tiempo, y hasta ahora había sido Tegucigalpa la ciudad que estaba a la vanguardia (Olanchito es un ejemplo demasiado obvio), seguida de La Ceiba, Comayagua, Trinidad y San Pedro Sula. Para una correcta medición de este fenómeno basta observar la ferviente actividad “poética” que grupos de poetas igualmente fervientes mantiene en cada una de estas urbes y polos culturales del mundo, que incluye lecturas de redención en parques, mercados, prisiones, cuarteles, burdeles e iglesias, homenajes a los grandes nombres, antologías, festivales y un largo etcétera.
La banalización empieza a producirse justo en el momento en que el poeta o los poetas organizadores del baile deciden emparejarse con los prepoetas sin antes reparar en la diferencia de estatura, cosa que usualmente convierte aquello que organizan en algo patético y, obviamente, desastroso. Continúa con esa absoluta falta de rigor que les impide a todos, poetas y prepoetas, mirarse a sí mismos para darse cuenta de que con ellos y sus actos la poesía está cayendo en desgracia.
Desconocemos el propósito verdadero de todo ese “gran” movimiento generado alrededor de los Poetas del Grado Cero pero es lícito preguntarse (el verbo sospechar podría sonar demasiado fuerte) por qué en las listas de quienes suscriben tal movimiento y sus megaeventos literarios aparecen nombres de personas a quienes en ningún momento se les ha invitado a participar. ¿Acaso el hecho de engrosar una lista los convierte en un grupo más fuerte e influyente? ¿Acaso piensan que todos deberíamos compartir y aplaudir cada una de sus ocurrencias? ¿O es que acaso, en esta sociedad tan necesitada de solidaridad, resulta urgente identificar a quienes están de nuestro lado y quienes no? Y otra vez vamos al tema de “tomar partido”: a esa idea estúpida de que todo es blanco o es negro, olvidando que en toda actividad de la vida resultan ser las sutilezas las que determinan el rumbo correcto de las cosas.
Aplaudo esa energía casi juvenil que muestra Jorge Martínez en cada cosa que organiza, aplaudo esa voluntad de sus colaboradores en tratar de hacer de San Pedro Sula un lugar también propicio para la cultura y la poesía, pero creo que es necesario que se detengan por un momento a mirarse a sí mismos y que evalúen ese peligroso grado de identificación que están alcanzando con otros colectivos también reconocidos, a la larga, por acabar orinando fuera de la nica, como Paispoesible, en Tegucigalpa.
Recuerdo una ocasión del año 2003 en la que Jorge Martínez, Gustavo Campos y yo asistimos a un encuentro internacional de poetas en Tegucigalpa. Ahí leímos, ante unos 50 paispoesibles y uno que otro disidente, una ponencia que, entre otras cosas, reivindicaba la necesidad de tomarse la literatura como un oficio serio, más allá de alborotos en parques y mercados. Durante muchos años ese pequeño incidente, esa alusión a la soga en la misma casa de los ahorcados, simbolizó el espíritu de la perspectiva artística de los creadores de literatura de la zona norte del país, algo que, por muy insignificante que parezca, nos hacía sentirnos orgullosos de tener ciertos principios, cierta voluntad y sobre todo, dignidad como artistas. Esa, creo yo, debería continuar siendo la premisa para los creadores de literatura por lo menos de esta zona norte, tal como observamos en los inicios de este grupo llamado Poetas del Grado Cero, y no esa curiosa necesidad de aglomeración indiscriminada de poetas, prepoetas, verseros y copleros de pueblo en extraordinarias citas “poéticas” que tienen como fin, hay que ser sinceros, sólo hacer escándalo para acabar brindando con vino y boquitas mientras todos, palmaditas en la espalda, se felicitan sinceramente.